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Mayo 2011

El mito de Argentina “país potencia”*

Hernán Fair**

Cuando se ejerce el poder político se está siempre imponiendo una manera de contar la realidad.

Ricardo Piglia, Crítica y ficción


La cuestión es saber en qué medida este juicio nos sirve para conservar la especie, para acelerar, enriquecer y mantener la vida. En principio, nos inclinamos a afirmar que los juicios más falsos son para nosotros los más indispensables; que el hombre no podría vivir sin las ficciones de la lógica, sin relacionar la realidad con la medida del mundo puramente imaginario de lo incondicionado y lo idéntico, sin falsear constantemente el mundo introduciendo en él el concepto de número.

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal

Resumen***

El artículo indaga acerca del proceso de formación y sedimentación histórica del mito del “país potencia” en Argentina y, más específicamente, en la configuración de este mito dentro del discurso menemista. Para ello, se centra en una perspectiva de análisis del discurso con eje en alocuciones emitidas por Carlos Menem durante su primer período de gobierno (1989-1995). Según sostiene, a partir de la instauración y el éxito del Plan de Convertibilidad, en 1991, el menemismo logrará incorporar exitosamente a su discurso neoliberal esta tradición mítica parcialmente sedimentada. En ese contexto, concluye que el mito del país potencia contribuirá a legitimar y consolidar tanto las reformas neoliberales como la propia hegemonía menemista.

1. Introducción


El discurso político como método de análisis ha sido comúnmente denigrado en las Ciencias Sociales en general en particular acusado de “idealista” o poco “científico”. En ese contexto, frente al auge de los modelos cuantitativistas y racionalistas que se derivan del Conductismo y la Teoría de la Elección Racional, se suele señalar que el discurso político carece de relevancia teórica como objeto de estudio, o que sólo lo tiene desde una visión “matematizable” centrada en el análisis de contenido de una realidad prediscursiva que es reflejada objetivamente por el propio discurso1. De modo similar, desde la sociología política marxista, se señala que el discurso menosprecia la primacía “objetiva” de la base material en pos de una visión “idealista” (Borón, 2000; Veltmeyer, 2006). La semiótica, por un lado (Mangone y Warley, 1994; Fabbri, 2000), y la teoría post-estructuralista, por el otro (Derrida, 2003; Follari, 2000), han criticado, sin embargo, fuertemente estos preceptos, afirmando que no hay nada más material que el discurso, y más aún, que el orden simbólico, en tanto construcción social, adquiere primacía, al punto tal de ser el que constituye y otorga sentido a los sujetos en sus prácticas cotidianas. Siguiendo este último enfoque, cuyo origen nos remonta al psicoanálisis lacaniano2, el teórico argentino Ernesto Laclau sostiene que toda estructura discursiva posee siempre un carácter material, en el sentido de que se materializa en prácticas, rituales e instituciones3 (Laclau y Mouffe, 1987; Laclau, 1993, 2005). No obstante, esta cuestión, si bien señalada, no ha sido desarrollada por este autor, e incluso a veces parece sostener afirmaciones que se contradicen entre sí4.

En su libro Las dos fronteras de la democracia argentina, Gerardo Aboy Carlés (2001) ha logrado, sin embargo, trascender de manera convincente la perspectiva de Laclau, al centrar su enfoque en lo que denomina el “campo parcialmente sedimentado y objetivado” de toda identidad (Aboy Carlés, 2001: 45 y ss.). En efecto, no cualquier posición discursiva puede resultar apropiada en cualquier momento. Por el contrario, existe siempre una estructuración relativa (Laclau, 1993: 59) que limita toda constitución identitaria (Aboy Carlés, 2001: 63; Barros, 2002: 23 y ss.). Como respuesta a esta cuestión, Aboy Carlés acude a la noción de mito del semiólogo francés Roland Barthes. Según Barthes, todo mito implica la construcción de un “sistema semiológico segundo”, o mito propiamente dicho, en el que el signo se transforma en simple significante (Barthes, 1991: 205). En este sentido, el significante, que Barthes denomina forma, no es enteramente arbitrario, sino que depende de una estructura previa (Aboy Carlés, 2001: 57). Partiendo de esta premisa, Aboy concluye en su análisis del caso peronista5 que en la constitución y reformulación de las identidades políticas siempre subyace un “carácter mítico”, lo que hace que en toda identidad política existan siempre superficies previas parcialmente sedimentadas y objetivadas6 (Aboy Carlés, 2001: 58 y 63).

El siguiente trabajo se propone indagar acerca de lo que hemos denominado el mito del “país potencia” en Argentina7. En efecto, el país sudamericano se ha caracterizado históricamente por creer que constituía una de las máximas potencias del planeta. Este mito parcialmente sedimentado adquirió una particular importancia durante la década del ´90, momento en el que el por entonces presidente Carlos Menem (1989-1999) instauró una paridad cambiaria en iguales condiciones con la moneda de los Estados Unidos. La Ley de Convertibilidad, como se la conocería, instituiría efectivamente a partir de abril de 1991 una paridad legal cambiaria 1 a 1 de la moneda nacional con el dólar estadounidense. En esas circunstancias, sostenemos que el mito llegará a su etapa de “apogeo” (Todesca, 2006: 308). Partiendo desde un enfoque diacrónico con eje en alocuciones emitidas por el presidente Menem durante su primer mandato (1989-1995), a continuación nos proponemos analizar el proceso de formación y sedimentación histórica de este mito y su configuración dentro del discurso menemista.

2. Los orígenes del mito

Desde los albores de su surgimiento como Estado-Nación, se ha señalado que Argentina constituye un “país rico” destinado a ser una potencia mundial en el concierto de las naciones del mundo. Se suele afirmar, para “corroborar” este hecho, que su suelo fértil cuenta con una notable dotación de recursos naturales (se dice, por ejemplo, que posee los 4 climas) y un excedente en productos “críticos”, como la energía y los alimentos (se suele afirmar que Argentina produce alimentos para una cantidad total de 300 millones de habitantes). Por otra parte, debemos considerar las características geográficas del país, que cuenta con una enorme extensión territorial (lo que lo ubica como el octavo país del planeta), así como un importante capital cultural, reconocido mundialmente y que lo ha llevado a obtener 5 premios Nóbel (tres de ellos en Ciencias duras)8.

No obstante la relevancia que adquieren estos “hechos” de sentido común en el imaginario social, la predominancia que adquiere el mito del país rico o país potencia, cuya indagación continúa presente en la actualidad en gran parte de los intelectuales nacionales9, sólo puede ser comprendida en toda su magnitud teniendo en cuenta su sedimentación parcial en la construcción discursiva de aquello que se denomina la identidad nacional. Como dijimos anteriormente, toda identidad se construye en abierta tensión con lo que Aboy Carlés (2001) denomina la “perspectiva de la tradición”. En este sentido, como lo han destacado autores como Raymond Williams (1980) y Slavoj Zizek (1992), toda construcción identitaria se encuentra íntimamente articulada, y al mismo tiempo condicionada, por las interpretaciones y representaciones históricas “residuales”. En este caso, la “reconstrucción épica del pasado” (Aboy Carlés, 2001: 69) se encuentra íntimamente ligada a la particular historia del país sudamericano, una historia signada por la masiva inmigración europea10, que trajo la cultura, los valores y las tradiciones de esa región11. Pero, más importante aún, fue la reconstrucción mítica que hicieron los líderes del siglo XIX, quienes, ya desde los orígenes de la Nación, se propusieron construir una Argentina “blanca y europea” a imagen y semejanza de los países desarrollados (Larriqueta, 2004a, 2004b). En ese contexto, ya durante la llamada Generación del ´3712, cuyo lema era “Gobernar es poblar”, se promoverá la inmigración masiva de origen europea13.


Esta incentivación de la política inmigratoria, principalmente de origen anglosajón, por parte del liberalismo vernáculo, debe su impronta, como lo ha analizado Sebastián Etchemendy (1998), a la ideología “modernizadora” que poseía el autor de las “Bases”, Juan Bautista Alberdi. En efecto, Alberdi creía que como la cultura nacional e hispánica era tradicionalmente anticapitalista y caudillista, la solución para alcanzar la “modernización” propia de las ciudades europeas capitalistas, en particular la inglesa, consistía en atraer la inmigración de esos países, con su cultura basada en la defensa del libre comercio y la modernización capitalista. En otros términos, la solución al atraso nacional consistía, desde la visión Iluminista de Alberdi, en modificar la cultura nacional mediante la importación de las ideas y valores liberales propias de los países anglosajones14 (Etchemendy, 1998). En ese contexto, como señala Botana, además de fomentar el ingreso de inmigración desde Inglaterra y Estados Unidos para realizar un “trasplante cultural” de la cultura caudillista hispánica, la fórmula alberdiana colocaba también en un nivel principal el ingreso masivo de inversiones inglesas en áreas como ferrocarriles y vapores, agentes que eran vistos como complementarios e imprescindibles para alcanzar el cambio y la innovación (Botana, 1985: 45).


Este tipo de construcción mítico-discursiva, que se expresará en toda su magnitud en la obra del político y escritor Domingo Faustino Sarmiento (Solodkow, 2005), se potenciaría a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Para ello, resultará crucial la fuerte expansión de la economía nacional, ligada a las ventajas comparativas naturales en relación a la producción agroexportadora15. Estas ventajas comparativas, y el tipo particular de inserción económica al mercado mundial, que permitirá conformar una estrecha relación bilateral con Gran Bretaña, la potencia imperial de entonces, hará que las elites del viejo orden conservador16 se convencieran de que Buenos Aires representaba una ciudad “casi-europea” (Barros, 2002: 33) que estaba destinada a ser “la cuna de la civilización sudamericana”17. Uno de sus máximos representantes, el dirigente liberal-conservador y tres veces presidente Julio Argentino Roca, afirmaba, por ejemplo, que a partir de la estrecha relación del país con Inglaterra, basada en la venta de productos primarios y la importación de manufacturas e inversiones financieras, “La República Argentina será algún día una gran Nación” y agregaba, además, que “el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se debe, en gran parte, al capital inglés, que no tiene miedo a las distancias y ha afluido allí en cantidades considerables, en forma de ferrocarriles, tranvías, colonias, explotaciones mineras y otras varias empresas más” (Cit. en Todesca, 2006: 83).

Para legitimar este optimismo decimonónico las elites contaban, además, con los datos estadísticos, que actuaban como materializadores y objetivadores del mito18. En efecto, las fuentes casi inagotables de recursos naturales, especialmente de la región pampeana, permitirán que en los albores del siglo pasado el Producto Bruto Interno (PBI) del país se ubicara en una posición similar, o a veces incluso superior, al de los países más desarrollados del planeta. En 1930, por ejemplo, la cantidad de automóviles por habitante en Buenos Aires era mayor a la ciudad de Londres, mientras que los niveles salariales eran levemente inferiores a los de Canadá y Australia y las tasas de mortalidad similares a las de los países más desarrollados del planeta (Todesca, 2006: 125). Podemos decir, entonces, que el mito sedimentado de Argentina como país potencia, fomentado en su momento por la “heroica” defensa de las invasiones inglesas19, nunca fue más “real” que en el período de auge de las exportaciones agrícolas-ganaderas hacia la potencia imperial de Gran Bretaña. En ese contexto, que podemos situar entre 1880 y 1930, y en menor medida, hasta 194520, el país se beneficiaba de su particular relación dependiente de las manufacturas e inversiones inglesas, al tiempo que vendía carnes y cuero para alimentar a los obreros industriales pertenecientes a los países desarrollados (Ferrer, 2004; Todesca, 2006).

No obstante, si bien en términos convencionales Argentina era un país rico, en términos sociales no lo era. Ello se debe a que la Argentina era en sus orígenes una sociedad formada por una elite que concentraba una excesiva riqueza ligada a una potencia imperial, y esa riqueza no era innovadora, sino que se adaptaba a las particulares circunstancias mundiales (Sidicaro, 2002, 2003). Esta situación, que contrastaba con lo que ocurriría en países como Canadá y Australia, debilitaría la posibilidad de construir una burguesía nacional21 (Nochteff, 1995; Castellani, 2007).

Pero sobre todo, debemos destacar que mientras la próspera Buenos Aires gozaba de altos excedentes comerciales beneficiada de su sólida relación bilateral con Gran Bretaña y el aprovechamiento del puerto y los impuestos aduaneros (Ferrer, 2004), la mayoría de las provincias debía hacer frente, en cambio, a fuertes déficits, debido principalmente a la ausencia de coparticipación de los ingresos del Estado central, la mala calidad de los caminos, el atraso tecnológico y la competencia de muchos de sus productos (como el vino en Mendoza y el algodón en Catamarca) con el mercado europeo (Todesca, 2006: 34).

En este sentido, como señala Larriqueta (2004a), Argentina era en realidad un país dual. Por un lado, estaba la riqueza “civilizatoria” de Buenos Aires, con sus apellidos patricios y su cultura cosmopolita; por el otro, la “negación”, una vez independizada la Banda Oriental, Paraguay y Bolivia, de una Argentina “bárbara”22, mestiza y en menor medida india, expresada por la región “tucumanesa” (Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Córdoba) (Todesca, 2006). Mientras que esta última era mayoritaria, la elite ilustrada de la Generación del ´8023, del mismo modo que ya lo había hecho anteriormente a través de los escritos de Sarmiento24, intentará por todos los medios ignorarla. Esto explica, según Larriqueta, el desprecio de la elite liberal-conservadora hacia la herencia indiana, luego llamada despectivamente los “cabecitas negras”, y el rechazo, en ese sentido, al sufragio universal25 (Larriqueta, 2004a: 8, 242-250). Y en este mismo sentido debe entenderse, además, desde nuestro punto de vista, la ocupación de las tierras y posterior aniquilación de los indígenas llevada a cabo por el caudillo Juan Manuel de Rosas primero, y por el tres veces presidente Julio Argentino Roca después, en lo que se conocería, no por cierto de manera inocente, como la “Conquista del Desierto”26.

Si bien el desprecio hacia las regiones del interior del país y su cultura caudillista e hispánica será saldado parcialmente con la “unificación nacional” del país alcanzada en 1880, que terminará con la histórica lucha entre unitarios y federales a partir del triunfo de estos últimos27, Buenos Aires proseguirá su estrecha relación dependiente de las inversiones inglesas y la venta de carne y cuero al menos hasta la primera mitad de la década del ´30 (Romero, 1994), momento en el que, según la tradición liberal, comenzará la etapa de decadencia nacional.

3. El discurso menemista: hacia la recuperación mítica del “destino de grandeza”

Como vimos, la tradición liberal dominante ha construido desde los albores de la formación del Estado Nación una identidad argentina caracterizada por la idea mítica de que el país sudamericano representa un país potencia. Desde este tipo de discurso parcialmente sedimentado, la Argentina habría vivido su etapa de esplendor durante el orden conservador del período 1880-1930. En palabras de Aguinis, en “la argentina de fines del siglo XIX (…) se produjo un florecimiento que nos colocó a la cabeza del continente latinoamericano. Se sucedieron éxitos contagiosos, el sistema logró una disminución sostenida del monstruoso analfabetismo, aceleró la integración (…) Eran momentos de gloria” (Aguinis, 2001: 142-143). No obstante, a partir de la crisis mundial de 1930 y, especialmente desde la llegada al poder del peronismo, a mediados de la década del ´40, el país habría iniciado su etapa de “decadencia” (Llach, 1997).

Como se sabe, a partir de entonces se produjo un cambio en el modelo de acumulación que dejó a un lado las políticas de modernización liberal e inserción agroexportadora al orden mundial, para centrarse, en consonancia con el cambio producido a escala global tras la crisis financiera de octubre de 1929, en el desarrollo y expansión del mercado interno y la industrialización por sustitución de importaciones (Torrado, 1994; Basualdo, 2004). En ese contexto, según los teóricos neoliberales, el país habría entrado en una fase de “decadencia nacional” a partir de la aplicación de un conjunto de políticas económicas de “populismo estatista”, que incentivaron un régimen de “inflación alta y persistente” (Dornbusch, 1990: 20-21; Llach, 1997: 46-50).

Será precisamente hacia aquella mítica época de prosperidad del liberalismo conservador del período 1880-1930, extendido, con algunas ambivalencias, hasta mediados de la década del ´40, en contraposición a la situación de “decadencia” y “atraso” que habría alcanzado el país a partir del modelo nacionalista e industrialista iniciado por Juan Perón en 1945 y que se había expandido, con distintas etapas28, al menos hasta 197429, modelo para cuyos defensores quedaba el mote de “nostálgicos” y “atrasados”30, a donde pretendía regresar Menem. Inmerso en ese tipo de discurso mítico parcialmente sedimentado del “país potencia” que había perdido las riendas de su inevitable “destino de grandeza”, en su primer discurso como presidente electo Menem había hecho hincapié en que la Argentina debía “levantarse” y “andar” hacia su “destino de grandeza”:

Quiero que mis iniciales palabras como presidente de los argentinos sean una elevación al cielo, a nuestras mejores fuerzas, a nuestra más vital esperanza. Ante laminada de Dios y ante el testimonio de la historia, yo quiero proclamar: Argentina, levántate y anda. Argentinos, de pie para terminar con nuestra crisis. Argentinos, con el corazón abierto para unir voluntades. Hermanas y hermanos, con una sola voz para decirle al mundo: Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación (…). Nuestro futuro común no existe todavía. Pero si existe nuestro presente. Y desde este presente, es que se impone la necesidad de estrechar filas, sumar voluntades y elevar nuestros objetivos hacia un destino de grandeza (Discurso oficial del presidente de la Nación, Dr. Carlos Saúl Menem, Dirección General de Difusión, Secretaría de Medios de Comunicación, Presidencia de la Nación, República Argentina, 08-07-89).

En efecto, como luego expresará, “No es posible que en esta patria querida, donde tenemos alimentos, materias primas, recursos energéticos, recursos humanos, haya crecido la marginación social y cerca de ocho millones y medio de argentinos vivan en pésimas condiciones” (Discurso 08-07-89: 26).

Debemos tener en cuenta, en este sentido, que Menem asumió la presidencia en julio de 1989 en medio de una feroz crisis económica, política y social heredada del gobierno del radical Raúl Alfonsín (1983-1989). Desde el discurso menemista, esa crisis, que conjugaba una hiperinflación inédita y un déficit fiscal alarmante, era consecuencia directa de la aplicación de un modelo “estatista” que no había estado “al servicio de la comunidad”:

Argentina entró en crisis, no hay ninguna duda, pero esa crisis es producto, casualmente, de una pésima organización estatal. El Estado ha servido para favorecer a determinados sectores de la comunidad y no estuvo al servicio de la comunidad en su conjunto (Discurso 27-05-91: 138).

Se trataba, según Menem, de un modelo de acumulación que, a través de su fuerte regulación a través de “subsidios irracionales”, la “sobreprotección” y el “gasto público improductivo”, había incentivado un incremento de la corrupción, la burocratización, la ineficiencia en la prestación de los servicios y el déficit en el sector público31:


Todos conocemos que los servicios estatales son caros e ineficientes. Que la iniciativa privada se encuentra agobiada por regulaciones excesivas y continuamente cambiantes, que la incapacidad burocrática impone trabas durísimas y que el déficit fiscal crea gravámenes intolerables. Como ustedes saben, el gobierno se ha comprometido a fondo en la eliminación de estos males (...). Basta a los monopolios y a los subsidios irracionales. Basta a la trabazón burocrática y al gasto público improductivo. Basta a la sobreprotección y a la ineficacia. Basta al intervencionismo estatal y a la complicidad de la incompetencia privada. Basta a la evasión y a la presión fiscal esterilizante (Discurso 01-09-89: 48-50).

Este tipo de Estado “elefantiásico”, que representaba el modelo dominante desde la posguerra, había llevado al país a retroceder en la posición internacional que tenía en los albores del siglo XX:

De ser uno de los diez mejores países del mundo, descendimos al centésimo lugar, por culpa casualmente de ese Estado elefantiásico, en constante crecimiento, que no permitía administrar ni tan siquiera funciones específicas para las cuales había sido creado, y mucho menos, para funciones que no le correspondían (Discurso 04-11-93: 66).

Desde el discurso menemista, que retomaba el discurso neoliberal en boga en los años ´90 (Dornbusch y Edwards, 1990), la mítica grandeza perdida de esa Nación “ciertamente latinoamericana e inequívocamente europea”32 (Discurso 10-04-91: 63), sólo se recuperaría cuando se reformase el Estado y se modernizara la economía, fomentando el ingreso masivo de inversiones externas y el crecimiento de la economía. La solución para que el país recuperara su “destino de grandeza” perdido consistía, entonces, en realizar una “cirugía mayor” para terminar con el “cáncer” del “estatismo” y “sanar” al “cuerpo” social:

Sería un hipócrita si lo negara. Esta economía de emergencia va a vivir una primera instancia de ajuste. De ajuste duro. De ajuste costoso. De ajuste severo (...). Una cirugía mayor que va a extirpar de raíz males que son ancestrales e intolerables (Discurso 08-07-89: 17-18).

Cuando yo me hice cargo del Gobierno, quiero refrescar la memoria a todos los argentinos, dije en el Parlamento argentino que recibía una Argentina arrasada por la corrupción y que íbamos a hacer cirugía mayor sin anestesia. Los hechos me están dando la razón, pero nada ni nadie nos va a parar hasta que no sanemos definitivamente el cuerpo de la República (Discurso 25-04-91: 90).

Se trataba, como dirá en otra oportunidad, de “Achicar el Estado, achicar el Estado para que tenga mayores posibilidades de éxito, a lo efectos de que Argentina empiece a recuperar el lugar que había perdido en las últimas décadas” (Discurso 04-11-93: 66).

A partir de este diagnóstico contrario al “excesivo intervencionismo” del Estado, que recuerda el lema del Régimen militar (1976-1983) que decía que “Achicar el Estado es agrandar la Nación”, una vez en el poder el presidente electo en julio de 1989 dejó a un lado la fuerte defensa de las políticas económicas peronistas asociadas a la redistribución progresiva del ingreso, la regulación del mercado y la nacionalización de las empresas públicas, y se dedicó a aplicar con ahínco el recetario neoliberal33. En ese contexto de absorción del discurso neoliberal, fomentado fuertemente por los organismos multilaterales de crédito y los grandes empresarios del capital concentrado, no dudó en iniciar un profundo proceso de privatizaciones de las empresas públicas, desregulación del mercado laboral y apertura comercial y financiera que prácticamente realizaba lo contrario a las banderas económico-sociales tradicionalmente defendidas por su partido, el peronismo. En efecto, como señalamos anteriormente, a partir de la llegada al poder de Juan Domingo Perón, en 194634, se inició en Argentina un modelo de acumulación que colocó el eje en la redistribución del ingreso a favor de los trabajadores, el incentivo a la industrialización vinculada al desarrollo del mercado interno y la defensa de las empresas públicas como símbolo de soberanía nacional (Torrado, 1994; Basualdo, 2004).

No obstante, sorprendiendo a propios y extraños, a partir de la asunción de Menem a la presidencia se produjo un “giro de 180 grados”, tal como lo definiría el propio Presidente, que dejaría a un lado las banderas de independencia económica, soberanía política y justicia social, características del peronismo, para centrarse en las bondades del ajuste estructural y las reformas a favor de los agentes dominantes del mercado35:

Durante demasiado tiempo, la Argentina había sido percibida como un país impredecible (...) con una historia reciente de frustraciones y aislamiento. La Argentina se debía, primero a sí misma, y luego al mundo, un cambio de actitud interno y externo. Un giro de 180 grados. Mi Gobierno asumió la responsabilidad (...). Encaramos una profunda reforma del Estado. Renegociamos la deuda externa. Estimulamos la inversión externa. Promovimos la más activa política de privatizaciones (Discurso: 13-02-92: 34).

En ese contexto, que contrastaba con lo que había estado haciendo su partido durante más de cuatro décadas, el Gobierno se aliaría explícitamente con los grupos más concentrados del capital económico, colocando a Bunge y Born, el conglomerado local más importante y símbolo de la “oligarquía” nacional, al frente del Ministerio de Economía, y a las principales figuras del partido de derecha UCEDÉ como asesores del Gobierno. Además, dejando a un lado la tradicional crítica al “imperialismo” de los Estados Unidos de su partido36, no tendría inconvenientes en realizar una alianza “realista” con este país para fomentar una inédita “relación carnal” en el plano internacional.

A pesar de la magnitud de los cambios realizados, que buscaban ganarse el apoyo del sector empresarial más concentrado, temeroso de la tradición de nacionalismo económico de su partido y su discurso ambiguo durante la campaña presidencial37, en el transcurso de los primeros 18 meses el Gobierno no logró controlar del todo la situación de ingobernabilidad y caos político, económico y social, e incluso debió lidiar con dos nuevos episodios hiperinflacionarios, a fines de 1989 y de 1990, que fomentaron una creciente recesión económica y llevaron al Gobierno a buscar soluciones mucho más audaces38. En ese contexto, tras sucesivos planes fracasados, en enero de 1991 asumiría como nuevo Ministro de Economía Domingo Cavallo y, dos meses después, propondría como solución a la crisis inflacionaria la instauración de un Plan de Estabilización que se conocería comúnmente como Ley de Convertibilidad o Plan de Convertibilidad.

La llamada Ley de Convertibilidad instauraba una paridad cambiaria fija 1 a 1 de la moneda nacional y el dólar estadounidense a partir del 1 de abril de 1991. Esta paridad, que se hallaba garantizada mediante un marco legal, garantizaba la libre disponibilidad e intercambiabilidad de pesos y dólares de acuerdo a las demandas del mercado, e impedía al Banco Central emitir moneda que superase el total de reservas existentes. De todos modos, cabe aclarar que, a diferencia de experiencias anteriores, la permanencia del régimen de Convertibilidad excedía su configuración como una “simple ley”, al estar asociado a múltiples políticas que permitían y a su vez resultaban funcionales a su mantenimiento como tal. Ello se debe a que la ley, que establecía un sistema de “caja de conversión“ (“currency board”), sólo podía sostenerse con vida mediante el ingreso masivo de capitales extranjeros que permitieran equilibrar el total de reservas en ambas monedas, que debían ser obligatoriamente equivalentes39. De este modo, necesitado de divisas, el Gobierno se vio obligado a fomentar una serie de reformas estructurales para incentivar el ingreso de inversiones externas. Es en ese contexto que debe entenderse la profundización de las políticas de privatización de las empresas públicas, apertura comercial y financiera y desregulación, pero también el endeudamiento externo -otro de los mecanismos utilizados para obtener divisas- todas medidas que llegarían a su apogeo a partir de ese momento40 (Azpiazu, 1995; Kulfas, 2001).


Ahora bien, ¿cómo se explica que gran parte de la población haya creído realmente que podría haber una igualdad monetaria en iguales condiciones con la mayor superpotencia mundial? Según creemos, uno de los principales componentes que contribuyó a su legitimación, y que curiosamente tendió a dejarse a un lado por la bibliografía especializada que trabajó el tema, lo constituyeron, precisamente, las ideas, impregnadas en el imaginario colectivo, de que la Argentina era un “país potencia” destinado a un futuro de innata grandeza y prosperidad41.

Como vimos anteriormente, para legitimar este optimismo decimonónico las elites contaban con los datos estadísticos, que actuaban como materializadores y objetivadores del mito42. En efecto, las fuentes casi inagotables de recursos naturales de la Pampa húmeda permitirán que en los albores del siglo pasado el Producto Bruto Interno (PBI) del país se ubicara en una posición similar, o a veces incluso superior, al de los países más desarrollados del planeta. En 1930, por ejemplo, la cantidad de automóviles por habitantes en Buenos Aires era mayor a la ciudad de Londres, mientras que los niveles salariales eran levemente inferiores a los de Canadá y Australia y las tasas de mortalidad similares a las de los países más desarrollados del planeta (Todesca, 2006: 125). Retomando este discurso mítico del “país potencia”, Menem afirmará:

La Argentina tiene caracteres y experiencias que le son exclusivos y que lo diferencian del resto de la región. En la primera mitad de este siglo, nos destacábamos en América Latina como una nación extraordinariamente próspera. Entonces la Argentina estaba, con holgura, entre las diez economías mayores del planeta; y exhibía un desarrollo social notable (...) En 1937, nuestro producto bruto per cápita era cercano al de Francia. Por ese tiempo nuestras exportaciones de granos aventajaban a las de las potencias agrícolas como Canadá y los Estados Unidos. Nuestras exportaciones bobinas eran el 40% del total mundial. El poder adquisitivo del peso se mantenía incólume a través de las décadas. Durante la entreguerra, en muchos diarios de Europa se publicaba la cotización de las cuatro o cinco monedas más fuertes y estables del mundo, y entre ellas, siempre aparecía, junto al dólar, la libra y el franco, el peso argentino. Las inversiones extranjeras fluían abundantemente hacia una economía que se veía consistente como pocas en el mundo (Discurso 29-01-93: 42).


Sin embargo, si el país tenía un pasado de “gloria” vinculado al régimen agroexportador de comienzos del siglo XX, lo que lo había ubicado “entre los diez mejores países del mundo”, en la actualidad, como recordará, se asistía a una etapa de creciente decadencia. En sus palabras:

Fuimos retrocediendo en el espacio, a partir de un espacio grande que había conseguido nuestro país en aquellas épocas de gloria, con esa famosa Generación del ´80, ubicándose entre los diez mejores países del mundo (Discurso 13-10-93: 33-34).

La solución definitiva a esa etapa de “actual decadencia” se hallaba, como dijimos, en la aplicación del recetario neoliberal basado en la privatización, desregulación y apertura de la economía43. En ese contexto, el Estado era identificado como “causa primera de la crisis” (Menem y Dromi, 1990: 46). Sin embargo, durante el período comprendido entre julio de 1989 y marzo de 1991, pese al inicio del proceso de Reforma del Estado, el prometido futuro venturoso todavía se hallaba pendiente. Sería recién a partir de la puesta en vigencia y el rápido éxito del Plan de Convertibilidad que aquel destino inevitable que le esperaba al país podría ser legitimado discursivamente por el Presidente.

4. El Plan de Convertibilidad: la ansiada recuperación del “destino de grandeza”

Como señalamos, en los primeros 18 meses, a pesar de la aplicación de la reformas pro-mercado, que comenzarían a gestarse desde mediados de 1989, con la aprobación de las leyes de Emergencia Económica y Reforma del Estado (Lozano y Feletti, 1991; Gerchunoff y Torre, 1996), la situación de crisis económico-social no había podido ser resuelta. Para tener una idea de la magnitud de la crisis, mientras que en 1989 la inflación había sido de un 4.923,6% anual, durante 1990, si bien se había reducido sensiblemente, todavía sumaba un total de 1.343,9% (INDEC, 1998: 17). Del mismo modo, a finales de 1989 y de 1990 habían retornado los temidos saqueos a supermercados y comercios, y a finales de ese año se había producido, además, un levantamiento militar, poniendo en cuestión la soberanía del país y el propio discurso de Menem en favor de la necesaria “pacificación” y “reconciliación” nacional44.

No obstante, a partir de la puesta en marcha del Plan de Convertibilidad se logrará terminar definitivamente con largas décadas de inflaciones e hiperinflaciones de períodos anteriores. La respuesta de ello la debemos hallar en la evidente sobrevaluación cambiaria que estableció la paridad cambiaria, lo que incentivó el ingreso masivo de inversiones e importaciones, al tiempo que fomentó expectativas favorables en los agentes económicos (Gerchunoff y Torre, 1996). Así, en el marco de un proceso de reducción de aranceles y tasas de interés, la inflación, que en marzo de 1991 había sido de un 11% (Clarín, 04/04/91), disminuirá a sólo 3,1% en junio y 2,6% en julio, llegando a un mínimo de 1,3% en agosto (La Nación, 02/08/91 y 31/08/91). De este modo, el país alcanzaba la tasa más baja desde marzo de 1974 (Clarín, 04/09/91).

En ese contexto, en el que se había logrado derrotar el “cáncer voraz” de la hiperinflación (Discurso: 07-06-91: 170), el presidente Menem podía señalar como un logro de su gestión el haber alcanzado la tan preciada “estabilidad”:


(E)ste Presidente (...) nos ha llevado a la conquista de algo que parecía casi imposible para esta Argentina: la estabilidad económica. En este país aparentemente agotado en marchas y contramarchas, de ineptitud funcionarial, de inmoralidad administrativa, la estabilidad constituye un logro histórico. Así, derrotamos la hiperinflación y tomamos por las astas un Estado herrumboso para transformarlo eficientemente. Las arcas vacías comenzaron a llenarse con la recaudación fiscal. La moneda empezó a tener valor real, luego de años de haber sido papel de colores. En definitiva, resucitamos un país que parecía condenado al olvido de los que viven dentro y fuera de él (Discurso 29-08-91: 159).


En efecto, a partir del nuevo contexto de estabilidad monetaria, el país había logrado recuperar un símbolo de la soberanía nacional como es la moneda, luego de décadas de inestabilidad e incertidumbre. Pero además de lograr la reducción de los índices inflacionarios a niveles históricamente bajos45 -lo que redundará en beneficios sociales tangibles para los sectores más desprotegidos-, a partir del principio de libre disponibilidad y libre intercambiabilidad establecido por el Plan de Convertibilidad se había logrado reestablecer la confianza social en su permanencia y perdurabilidad. En ese contexto, el Presidente insistirá en que a partir de allí la moneda nacional se situaba en iguales condiciones que el dólar, la moneda de la mayor superpotencia mundial:


Piensen cómo estábamos en 1989 y cómo está actualmente la República Argentina. No teníamos moneda y ahora tenemos una moneda fuerte; no había estabilidad y ahora hay estabilidad; no había posibilidad de cambiar un peso en el resto del mundo, porque no había confiabilidad en Argentina, y ahora, en cambio, nuestra moneda se cotiza en algunas partes del mundo, y aquí esa moneda que circula tiene un respaldo total y absoluto en oro y divisas, cosa que no ocurría en 1989 cuando heredamos el Banco Central (Discurso 24-02-93: 71).


Hemos conseguido la estabilidad y, a partir de la Convertibilidad, nuestro signo monetario tiene idéntico o mayor valor que cualquier otra moneda extranjera (Discurso 29-12-93: 279).


Esta imagen de igualación “efectiva” del peso nacional con las monedas más valiosas del planeta no sólo se materializaría en un incremento descomunal del nivel de reservas monetarias y en la posibilidad de intercambiar libremente pesos por dólares en un contexto de dolarización creciente de la economía, sino que el nuevo marco de estabilización, incentivado por el abaratamiento del dólar y las expectativas favorables de los agentes del mercado, permitirá reducir fuertemente las elevadas tasas de interés. En ese contexto, tras la fallida experiencia del período de ajuste ortodoxo aplicado durante el Ministerio de Erman González al frente de Economía (1990) en un intento de evitar la hiperinflación y reducir el déficit fiscal y comercial del país (Lozano y Feletti, 1991), a partir de la puesta en marcha y el rápido éxito del 1 a 1 se lograría incentivar un fuerte incremento del crédito y un masivo ingreso de inversiones que permitiría reactivar fuertemente la economía. En ese marco de apreciación cambiaria, bajas tasas de interés y expectativas favorables sobre el futuro del país, se producirá un fenomenal auge de consumo interno que permitirá que sectores medios y bajos tengan acceso, muchas veces por primera vez, al crédito para adquirir televisores a color, electrodomésticos y productos importados a bajos precios. Del mismo modo, muchos trabajadores asalariados pudieron acceder también a la compra de automóviles, viviendas, ropa o viajes al exterior para hacer turismo y adquirir tecnología moderna del llamado Primer Mundo.

El “boom” de consumo, que alcanzará índices inéditos, del orden del 25,1% en 1991, 30,9% en 1992, 13,7% en 1993 y 18,2% en 1994 (Síntesis informativa, N°323, 1995) a partir de la sobrevaluación cambiaria y la posibilidad de importar tecnología barata de los países centrales en un contexto de reducción arancelaria y bajas tasas de interés, generará un exponencial crecimiento de la economía, que incrementará el PBI en un 8,9% en 1991, un 8,7% en 1992, un 6% en 1993 y un 7,1% en 1994 (La Nación, 15-05-95), y una modernización inédita del país a partir del ingreso masivo de inversiones, que crecerán en 35.000 millones de dólares entre 1991 y 1994 (Todesca, 2006: 310), y el incentivo a la importación de bienes de capital, que reemplazarían a partir de allí a la producción industrial.

En ese contexto favorable a amplios sectores sociales, desde trabajadores asalariados que pudieron acceder por primera vez al crédito barato y en cómodas cuotas, hasta grandes empresarios que lograron modernizar sus empresas y reducir costos directos e indirectos a partir de la importación de bienes de capital (Azpiazu, 1995), y pudieron invertir masivamente en la compra de las empresas estatales y luego especular con la moneda en un contexto de privatización de empresas públicas y desregulación comercial y financiera (Basualdo, 2006), el discurso de Menem lograría reforzar con éxito la dicotonomía entre una Argentina “vieja”, vinculada al “atraso”, la “involución”, la “decadencia”, el “aislamiento”, la “frustración” y el “estancamiento”, frente a una “cadena equivalencial” (Laclau y Mouffe, 1987, Laclau, 1996) interna representada por una Argentina “nueva”, “moderna”, de “progreso”, “desarrollo”, “crecimiento” y “proyección” internacional46:


Pésimas y fraudulentas administraciones dieron como resultado un Estado elefantiásico, con tremendos déficit constantes en las cuentas fiscales, el desborde continuo de los gastos públicos y la evasión delictiva en el campo de los impuestos y también en el campo previsional. Había, sin duda, un aislamiento de la Argentina en el mundo (...) (Ahora) nos estamos dirigiendo hacia el mundo desarrollado, moderno y en crecimiento” (30-10-91: 55).


(H)emos vivido de fracaso en fracaso durante muchas décadas, pero ahora, nunca más el fracaso, nunca más el estancamiento, nunca más la involución, nunca más el enfrentamiento. Ha llegado la hora de los triunfos, del crecimiento, del desarrollo, de la proyección de Argentina, de este bendito territorio, hacia otros rincones de la Tierra” (21-12-93: 246).


En ese contexto de cambios “tangibles” y concretos alcanzados a partir del 1 a 1, que elevarán además fuertemente la productividad y la demanda laboral (Síntesis informativa, Nº323, 1995), al tiempo que disminuirán relativamente los índices de pobreza47, el Presidente podía afirmar que:


En sólo cuatro años y medio de gobierno, hemos conseguido esta transformación que, por ejemplo, ha llevado a la República Argentina a colocarse entre los cuatro países que más crecieron en estos últimos tres años, en lo que hace a su Producto Bruto Interno. Ha subido la producción, reitero, ha crecido en forma significativa el consumo, han disminuido los índices de pobreza y se acrecienta la demanda laboral (Discurso: 24-11-93).

Las nuevas circunstancias de éxito, consecuencia directa, según Menem, de las políticas de reforma del Estado instauradas a partir de su mandato, y que contrastaban con la Argentina “caótica”, “decadente”, “frustrada” y “descontrolada” en las que había asumido la presidencia en 1989, e incluso con el período previo a la instauración del régimen de Convertibilidad, le permitirán al Presidente afirmar con júbilo que el nuevo orden alcanzado a partir de entonces implicaba para la Argentina la “inserción” al “mundo moderno”:

Les quiero expresar la inmensa alegría que siento en estos momentos al compartir (...) un cambio en la República Argentina. Un cambio en su historia, un cambio en lo que hace a la cuestión económica. Un cambio en lo que respecta a la Argentina decadente, frustrada, descontrolada entre todos los sectores de la comunidad. Una Argentina que cambia y se reinserta con posibilidades de convertirse en un gran país, rector en algunos aspectos a nivel internacional (Discurso 31-07-91).

Estamos abriendo y destrabando la economía, mediante una decisión política que también constituye un camino de integración y de inserción internacional (...). (Esto implica) acelerar nuestro proyecto de incorporación a los cambios mundiales (Discurso 07-06-91: 166-167).

En ese contexto de creciente modernización tecnológica, y con una moneda que valía ahora lo mismo que el dólar, la Argentina recuperaba su espacio de “afinidad natural” con las grandes potencias mundiales:


(U)na serie de dificultades externas e internas nos alejaron del camino del progreso económico, separándonos de los países con los que compartíamos afinidades naturales. Hoy, con alegría, puedo asegurar que hemos reencauzado nuestro país en la senda de la democracia política, el crecimiento económico y una ubicación internacional al lado de nuestros amigos (Discurso 23-11-93: 169).

Señalamos anteriormente que en su primer discurso como presidente electo, Menem había hecho hincapié en que la Argentina debía “levantarse” y “andar”. Así, decía, en un discurso de claras reminiscencias religiosas: “Argentina levántate y anda”. Ahora, en consonancia con el mito del país potencia, el éxito indiscutible del Plan de Convertibilidad le había permitido colocar al país entre “los mejores países del mundo”. De este modo, el Presidente había logrado “sacarlo de sus cenizas”, hacerlo “caminar” a “paso firme” y “levantar vuelo” como el “Ave Fénix” hacia su inevitable “destino de grandeza”:


Entre todos estamos llevando a cabo este proceso de transformación, de cambio, este proceso que va colocando a la Argentina entre los mejores países del mundo, sacándolo de las cenizas y dándole la posibilidad de que, como el Ave Fénix, levante vuelo hacia su destino de grandeza (Discurso 08-07-92: 48).


Esa Argentina levántate y anda de 1989 es hoy una realidad. Argentina está de pié y caminando ya hacia su destino de grandeza (Discurso 07-11-91: 95).


No hay ninguna duda que tan sólo está de pié Argentina, sino que está andando. Está caminando con paso firme hacia su destino de grandeza, y nada ni nadie nos detendrá en este camino (Discurso 21-09-93: 408).


En ese contexto, el país lograba retomar, ahora sí, su “sitial de privilegio” en el “concierto de las naciones del mundo”:


Y esta es la nueva Argentina, ésta es la Argentina del crecimiento, del desarrollo, del trabajo y de la producción, la que ahora sí ha conseguido un sitial de privilegio en el concierto de las naciones del mundo (Discurso 25-09-93: 454).


Ya no existen dudas sobre el momento excepcional, en lo que respecta al proceso de cambio que vive toda la humanidad, e inserta en ese proceso, saliendo de un aislamiento de años, de décadas, marcha casi a la vanguardia de los países del mundo, nuestra querida República Argentina (Discurso 18-11-93: 151).


De este modo, a partir del éxito del Plan de Convertibilidad, el país recuperaba su destino mítico de país potencia:


(N)adie puede negar que salimos de una situación caótica en 1989, cambiando el rumbo de la historia, dando un giro de 180 grados en las cosas, y reconstruyendo esta Argentina que nos toca en suerte vivir. Esta Argentina, que ya tiene un lugar consolidado en nuestro planeta; esta Argentina, que hace pocas décadas estaba entre los diez mejores países del mundo, y descendimos, en 1989, al centésimo lugar (Discurso 12-11-93: 119-120).

5. Conclusiones

En el transcurso de este trabajo nos propusimos indagar, a partir de un análisis de tipo discursivo, en el modo en el que se fue construyendo históricamente el mito de Argentina como país potencia que aún hoy continúa teniendo vigencia en vastos sectores de la sociedad. Como observamos, desde los albores de su surgimiento como Estado-Nación se afirma que Argentina constituye un país rico destinado a ser una potencia mundial en el concierto de las naciones del mundo. Para corroborar esta afirmación suele destacarse la notable dotación de recursos naturales del país, sus particulares características geográficas y su importante capital cultural. No obstante la relevancia que adquieren estos “hechos” de sentido común en el imaginario social, en este trabajo hicimos hincapié en que todo mito sólo puede ser comprendido en toda su magnitud teniendo en cuenta su sedimentación parcial en la construcción discursiva de aquello que se denomina la identidad nacional. Partimos de la base de que toda identidad se construye en abierta tensión con lo que Aboy Carlés denomina la “perspectiva de la tradición”. En este sentido, toda construcción identitaria se encuentra íntimamente articulada, y al mismo tiempo condicionada, por las interpretaciones y representaciones históricas residuales.

Como pudimos apreciar, en el caso del mito del país potencia la “reconstrucción épica del pasado” se encuentra íntimamente ligada a la particular historia del país sudamericano, una historia signada por la masiva inmigración europea, que trajo la cultura, los valores y las tradiciones de esa región. Pero, más importante aún, fue la reconstrucción mítica que hicieron los líderes del siglo XIX, quienes, ya desde los orígenes de la Nación, se propusieron construir una Argentina “blanca y europea” a imagen y semejanza de los países desarrollados. Vimos, en ese sentido, la ideología “modernizadora” que poseía el autor de las “Bases”, Juan Bautista Alberdi, quien creía que como la cultura nacional e hispánica era tradicionalmente anticapitalista y caudillista, la solución para alcanzar la “modernización” propia de las ciudades europeas capitalistas, en particular la inglesa, consistía en atraer la inmigración de esos países, con su cultura e ideas basadas en la defensa del libre comercio y la modernización capitalista. Como señalamos, este tipo de construcción mítico-discursiva, expresada en toda su magnitud en la obra de Sarmiento, se potenció a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Para ello, resultó crucial la fuerte expansión de la economía nacional, ligada a las ventajas comparativas naturales de la Pampa húmeda en relación a la producción agroexportadora. Estas ventajas comparativas, y el tipo particular de inserción económica al mercado mundial, que permitió conformar una estrecha relación bilateral con Gran Bretaña, la potencia imperial de entonces, hizo que las elites del viejo orden conservador se convencieran de que Buenos Aires representaba una ciudad “casi-europea” que estaba destinada a ser “la cuna de la civilización sudamericana”.


No obstante, desde la tradición liberal dominante, a partir de la crisis mundial de 1930, y especialmente desde la llegada al poder del peronismo, a mediados de la década del ´40, el país habría iniciado su etapa de “decadencia”, en consonancia con el cambio en el modelo de inserción agroexportadora al orden mundial y la etapa de modernización liberal, y su reemplazo por el nuevo patrón de acumulación centrado en el desarrollo y expansión del mercado interno y la industrialización por sustitución de importaciones. En ese contexto, tras la denominada “década perdida” de los años ´80, los teóricos neoliberales comenzaron a referirse de forma insistente a partir de la década del ´90 a que los motivos que habían llevado al país sudamericano a entrar en una fase de “decadencia nacional” se debían íntegramente a la aplicación de un conjunto de políticas económicas de “populismo estatista”, dominantes desde la posguerra, que habrían incentivado un régimen de elevada inflación, excesiva burocratización e ineficiencia y elevado déficit fiscal del sector público. Como vimos, al asumir como Presidente en julio de 1989, Carlos Menem absorbió este tipo de discurso parcialmente sedimentado de la Argentina como el país potencia que había perdido su inevitable destino de grandeza.

En ese contexto, ya en su primer discurso como presidente electo hizo hincapié, desde un discurso de claras reminiscencias religiosas, en que la Argentina debía “levantarse” y “andar” hacia su “destino de grandeza”. Desde el discurso de Menem, la crisis en la que le había tocado asumir la presidencia en 1989, que conjugaba una hiperinflación inédita y un déficit fiscal alarmante, era consecuencia directa de la aplicación de un modelo “estatista” que no había estado “al servicio de la comunidad”. Se trataba, según Menem, de un modelo de acumulación que, a través de su fuerte regulación a través de “subsidios irracionales”, la “sobreprotección” y el “gasto público improductivo”, había incentivado un incremento de la corrupción, la burocratización, la ineficiencia en la prestación de los servicios y el déficit en el sector público. Dejando a un lado la tradición de su partido en favor de la fuerte intervención del Estado en la economía, desde el discurso de Menem este tipo de Estado “elefantiásico” había llevado al país a retroceder en la posición internacional que tenía en los albores del siglo XX. En ese contexto de “decadencia”, la mítica grandeza perdida sólo se recuperaría cuando se reformase el Estado y se modernizara la economía, fomentando el ingreso masivo de inversiones externas y el crecimiento económico. La solución para que el país recuperara su destino de grandeza perdido consistía, entonces, en realizar una “cirugía mayor” para terminar con el “cáncer” del “estatismo” y “sanar” al “cuerpo” social.

A partir de este diagnóstico contrario al “excesivo intervencionismo” del Estado, una vez en el poder Menem dejó a un lado la fuerte defensa de las políticas económicas peronistas asociadas a la redistribución progresiva del ingreso a favor de los trabajadores, el incentivo a la industrialización vinculada al desarrollo del mercado interno, la defensa de las empresas públicas como símbolo de soberanía nacional y la regulación del mercado, y se dedicó a aplicar con ahínco el recetario neoliberal. En ese contexto, fomentado fuertemente por los organismos multilaterales de crédito y los grandes empresarios del capital concentrado, no dudó en iniciar un profundo proceso de privatizaciones de las empresas públicas, desregulación del mercado laboral y apertura comercial y financiera, que prácticamente realizaba lo contrario a las banderas económico-sociales tradicionalmente defendidas por su partido. A pesar de la magnitud de las transformaciones, que incluyeron una alianza explícita con los grupos más concentrados del capital económico y las principales figuras del partido de derecha UCEDÉ y el inicio de “relaciones carnales” con los Estados Unidos, “señales” realizadas con el objeto de ganarse el apoyo de los sectores empresariales y los acreedores externos, en los primeros 18 meses el Gobierno no logró controlar del todo la situación de ingobernabilidad y caos político, económico y social, e incluso debió lidiar con dos nuevos episodios hiperinflacionarios, a fines de 1989 y de 1990, que fomentaron una creciente recesión económica y llevaron al Gobierno a buscar soluciones mucho más audaces. En ese contexto, tras sucesivos planes fracasados, en enero de 1991 asumió como nuevo Ministro de Economía Domingo Cavallo, proponiendo como solución a la crisis inflacionaria la instauración de un Plan de Estabilización que se conocería comúnmente como Ley de Convertibilidad o Plan de Convertibilidad.


Como vimos, a partir de puesta en marcha y el éxito de la llamada Ley de Convertibilidad, que instauraba una paridad cambiaria fija 1 a 1 de la moneda nacional y el dólar estadounidense a partir del 1 de abril de 1991, el mito del país potencia llegaría a su etapa de apogeo, contribuyendo a legitimar las reformas neoliberales y la propia hegemonía menemista. Para desarrollar esta hipótesis señalamos que el régimen de Convertibilidad excedía su configuración como una “simple ley”, al estar asociado a múltiples políticas que permitían y a su vez resultaban funcionales a su mantenimiento como tal. Ello se debe a que la ley, que establecía un sistema de “caja de conversión“ basado en la libre disponibilidad e intercambiabilidad de divisas y pesos, sólo podía sostenerse con vida mediante el ingreso masivo de capitales extranjeros que permitieran equilibrar el total de reservas en ambas monedas, que debían ser obligatoriamente equivalentes. De este modo, necesitado de divisas, el Gobierno se vio obligado a fomentar una serie de reformas estructurales para incentivar el ingreso de inversiones externas.


En ese contexto, se profundizó la aplicación de las políticas de privatización de las empresas públicas, apertura comercial y financiera y desregulación, pero también el endeudamiento externo -otro de los mecanismos utilizados para obtener divisas- todas medidas que llegarían a su apogeo a partir de ese momento. En dichas circunstancias, nos preguntamos cómo fue posible que gran parte de la sociedad hubiera podido creer legítimamente, durante la década del ´90, en una posible igualación de ambas monedas en un plano de absoluta igualdad. Como vimos, uno de los principales componentes que contribuyó a la legitimación de esta inédita paridad con la mayor superpotencia mundial, y que curiosamente tendió a dejarse a un lado por la bibliografía especializada que trabajó el tema, lo constituyeron, precisamente, las ideas, impregnadas en el imaginario colectivo, de que la Argentina era un país potencia destinado a un futuro de innata grandeza y prosperidad. Inmerso dentro de la tradición liberal, Menem acudió a este tipo de discurso mítico parcialmente sedimentado para señalar que las transformaciones alcanzadas a partir del éxito del Plan de Convertibilidad habían permitido alcanzar una modernización y un crecimiento económico que igualaban al país de manera “efectiva” con la mayor superpotencia imperial. Para legitimar su discurso, el Presidente apelaba a la enumeración de los datos estadísticos, que materializaban y, de este modo, objetivaban el mito. En ese contexto, destacaba que a partir de la implantación y el rápido éxito del régimen de paridad cambiaria en estabilizar la economía, se había incentivado un ingreso masivo de inversiones e importaciones que había permitido generar un “boom” del crédito para consumo que se expandía a amplios sectores sociales. Además, a partir del 1 a 1 y la estabilidad monetaria, el país había logrado no sólo terminar con largas décadas de hiperinflación, sino también un fuerte incremento del Producto Bruto Interno y una reducción de la pobreza, lo que le permitía contrastar la imagen de una Argentina nueva, en creciente modernización, progreso, desarrollo y proyección internacional, en contraposición a la situación de crisis, atraso, aislamiento, involución y decadencia de los últimos años. Finalmente, esta imagen de igualación “efectiva” del peso nacional con la moneda más valiosa del planeta se materializaba en un incremento descomunal del nivel de reservas monetarias y en la posibilidad de intercambiar libremente pesos por dólares en un contexto de dolarización creciente de la economía. En dichas circunstancias de éxito “tangible” y concreto del Plan de Convertibilidad, y con una moneda que valía ahora lo mismo que el dólar, el discurso menemista lograba afirmar de manera legítima que el país había alcanzado una inédita inserción internacional al mundo moderno que le había permitido recuperar su espacio de “afinidad natural” con las grandes potencias mundiales, retornando al mítico destino de grandeza propio del siglo XIX. De este modo, el país se había levantado de sus penumbras y recuperaba, ahora sí, el “sitial de privilegio” que le aguardaba irremediablemente en la Historia.

Si tenemos en cuenta que, como señala Barthes, el mito, en tanto es un “habla despolitizada”, tiene a su cargo “fundamentar como naturaleza, lo que es intención histórica; como eternidad, lo que es contingencia” (Barthes, 1991: 237-238), podemos concluir, entonces, que este sistema semiológico, al transformar el sentido contingente e histórico del mito en una mera forma naturalizada y por lo tanto objetivada, resultó fundamental para incorporar con menor distorsión la idea mítica de que había una igualdad “real” 1 a 1 de nuestro país con la mayor potencia mundial. El mito del país potencia contribuyó, de este modo, a legitimar las reformas neoliberales, consolidando la formación hegemónica menemista.

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* Artículo publicado en la Revista Contribuciones desde Coatepec, Número 16, Período Enero-Junio de 2009, Facultad de Humanidades y del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), México, páginas 115-146. Revista Contribuciones desde Coatepec, Número 16, Período Enero-Junio, Facultad de Humanidades y del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), México, páginas 115-146. Disponible en su versión en línea en http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=28112196006

** Magíster en Ciencia Política y Sociología, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Argentina), Becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), doctorando en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Correo electrónico: herfair@hotmail.com.

***Abstract

The article investigates about the process of formation and historical sedimentation of the myth of the “potency country” in Argentina and, more specifically, the configuration of this myth within the menemist speech. For it, one concentrates in a perspective of analysis of the speech with axis in speeches emitted by Carlos Menem during his first period of government (1989-1995). According to it maintains, from the restoration and the success of the Plan of Convertibility, in 1991, the menemism will manage to successful incorporate to its neoliberal speech this mythical tradition partially settled. In that context, it concludes that the myth of the country power will contribute to legitimate and to consolidate as the neoliberal reforms as the menemist hegemony.


Notas


1 En esta línea “matematizable” centrada en el análisis del contenido de los enunciados políticos, véase el trabajo de Rey García y Rivas Nieto (2007).

2 En palabras de Lacan, “el orden del símbolo no puede ya concebirse como constituido por el hombre, sino como constituyéndolo” (2003: 39). En ese contexto, “el lenguaje no es inmaterial. Es cuerpo sutil, pero es cuerpo” (p. 289).

3 En realidad, ya en pensadores como Gramsci y Althusser se encuentra esbozado este tema. Sin embargo, ambos persisten, si bien desde diferentes enfoques, en un análisis esencialista que mantiene una determinación económica a priori de los sujetos sociales. Al respecto, véanse especialmente las críticas de Laclau y Mouffe (1987).

4 Mientras en algunas ocasiones Laclau comprende al sujeto únicamente como una posición del sujeto, en otras lo concibe como un mito que no tiene relación con la sedimentación previa. Finalmente, en otros trabajos, se atiene a analizar la relación entre la sedimentación y la institución (respecto de estas contradicciones, véase Aboy Carlés, 2001: 63). En sus últimos trabajos, Laclau ha mantenido, sin embargo, esta última perspectiva. En efecto, si en Hegemonía y estrategia socialista se ocupaba, siguiendo a Althusser, de las “posiciones del sujeto”, y en Emancipación y diferencia se refería, con Derrida, a que “la intervención hegemónica tiene lugar en un terreno indecidible”, por lo que “el hecho de que sólo una de las rutas posibles haya sido seguida, que sólo una de las conexiones posibles haya sido realizada, es algo que no puede explicarse desde el interior de la estructura”, lo que lo llevaría a concluir que hay una “radical indecidibilidad que necesita ser constantemente superada por actos de decisión” (véase Laclau, 1996: 157-159 y 162), en los trabajos más recientes se refiere, en cambio, a que el discurso no puede entrar en conflicto con “creencias importantes e inconmovibles”, ya que perdería toda efectividad. En ese contexto, señala que hay “prácticas sedimentadas que limitan el margen de opciones” (Laclau, 2003a: 89-90), para concluir, finalmente, que “las equivalencias son siempre contingentes y dependientes del contexto” (Laclau, 2003b: 212). De todas maneras, y pese a que ya en Nuevas Reflexiones, donde planteará más detenidamente el tema, se refería a la importancia de este particular (véase Laclau, 1993, especialmente pp. 51-53), Laclau en ningún momento se apresta a efectuar un análisis en profundidad de las prácticas sedimentadas.

5 Según Aboy Carlés (2001), el mito subyacente que estructuró al peronismo es el mito de la “Argentina dual”, entre la Argentina “visible” y la Argentina “oculta”, entre el país “legal” y el país “real”. Este mito, que tiene como antecedente la dicotonomía sarmientina, será reformulado a partir de 1955 a partir de la contribución de los autores revisionistas. Sobre este particular, véanse Svampa (1994) y Larriqueta (2004a, 2004b).

6 De este modo, Aboy se diferencia, además, de la noción de mito desarrollada en Laclau (1993), ya que para este autor, como dijimos, el mito no tiene relación con una sedimentación previa. Esta perspectiva laclausiana del mito es abordada también por Sebastián Barros (2002) en su análisis del caso argentino.

7 Aunque en este trabajo nos centraremos en el caso argentino, el mito del “país rico” o “país potencia” no es propiedad exclusiva de aquel país, sino que es compartido, entre otros, por países como México y Venezuela. Al respecto, véanse respectivamente Salmerón Sanginés (2003) y Hurtado (2001, especialmente p. 112 y ss.).

8 Al respecto, véase “Argentina, ¿sigue siendo un país rico?”, entrevista a Aldo Ferrer y Jorge Todesca publicada en Clarín, 23-10-06, Sección “El País”).

9 Así, para el historiador Juan Archivaldo Lanús, “a principios del siglo XX la Argentina tuvo un destino de gran potencia”. En ese contexto, tras afirmar que “la Argentina ocupa el octavo lugar en el mundo por su extensión territorial”, se pregunta: “¿Cómo aquel país, al que (el político y escritor) Leopoldo Lugones cantó su apogeo en el “Romance del Río Seco”, perdió ocho posiciones en su rango internacional desde 1980?” (“Es tiempo de concebir lo que podríamos ser”, nota del autor publicada en el diario Clarín, 24-06-08, Sección “Opinión”).

10 En un interesante trabajo, Daniel Larriqueta (2004a: 206 y ss.) sostiene que, ya desde sus inicios, Buenos Aires poseía algunas características que la diferenciaban del resto del “mundo indiano”. En efecto, los primeros habitantes de esta ciudad se caracterizaban por ser grandes comerciantes, tanto intermediarios como financieros. De este modo, la ciudad se especializará comercialmente a un nivel que ninguna otra ciudad del imperio español del siglo XVIII alcanzará. Estos rasgos propios, además de su fuerte poderío militar, le permitirán ser elegida por la Corona española como capital del Virreinato del Río de la Plata, lo que potenciará aún más su riqueza y liderazgo sub-continental (véase también Todesca, 2006: 24 y ss.). Este hecho, además, hará que se acreciente su diferenciación en relación al resto del mundo indiano, lo que se expresará en la presencia de una inusual población de extranjeros, que oscilará entre el 15 y el 20% del total, con fuerte predominio de portugueses, y una presencia significativa de italianos, franceses e ingleses. Para 1914, el arribo masivo de inmigrantes, principalmente europeos, atraídos por la movilidad social ascendente y la tolerancia religiosa, llevarán a Buenos Aires, convertida en la mayor potencia militar del sur del imperio, a contar con una población extranjera de casi un 30% del total nacional, lo que contrastaba con el 17,4% de Uruguay, el 5,4% de Brasil y el 4,1% de Chile (véase Larriqueta, 2004a).

11 Señala Larriqueta que, al ser elegida Buenos Aires como capital del Virreinato, obtuvo grandes beneficios materiales por parte de la elite ilustrada de España. Al mismo tiempo, se vio beneficiada por la importación de las ideas liberales, con su fuerte énfasis en el progreso y la modernización (Larriqueta, 2004a: 230 y 243-249; también Larriqueta, 2004b: 256-257). Esto se expresará, luego, en la majestuosidad de su arquitectura, reconocida mundialmente, el acceso a adelantos tecnológicos, como tranvías y automóviles, y su elevado nivel cultural, en particular en el campo científico, donde obtendrá cinco premios Nóbel (tres de ellos en ciencias duras), entre otros logros destacables (Todesca, 2006: 97).

12 Entre los principales referentes de esta Generación, se encuentran Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.

13 En ese sentido, la Constitución Nacional de 1853 expresaba, en su artículo 25, que “el Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros (...)” (Cit. en Larriqueta, 2004a: 224).

14 Debemos recordar que Gran Bretaña representaba, al menos desde el siglo XVIII, las cuna del pensamiento económico liberal.

15 Sobre el proceso de inserción argentina al mercado mundial a partir de las ventajas comparativas de la Pampa húmeda, véanse Ferrer (2004) y Todesca (2006).

16 Nos referimos al período de gobierno comprendido entre los años 1880-1930 y caracterizado por la presencia de una elite liberal-conservadora que gobernaba mediante el fraude sistemático y el clientelismo político. Sobre las características político-institucionales de este período, véase especialmente Botana (1985).

17 En este sentido, Eduardo Wilde, quien sería Ministro de Juárez Celman, afirmaba que nuestro país construiría “una nueva civilización” con la magnitud de la “Atenas griega” (cit. en Barros, 2002: 33).

18 Sobre el proceso de objetivación discursiva que adquiere el mito, véanse, desde enfoques diferentes, Barthes (1991) y Berger y Luckmann (1997). El concepto de objetivación se encuentra presente también, desde diversas perspectivas, en el análisis de las representaciones sociales de Moscovici (1979) y en la noción de hábitus de Bourdieu (1984, 1991). A su vez, ha sido abordado por Lacan para dar cuenta de la “forclusión” del sujeto en el discurso de la ciencia (véase Lacan, 2003, 2006).

19 Según Larriqueta, la “heroica” defensa de Buenos Aires de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, le darán a Buenos Aires un prestigio militar y político que no sólo afianzará la propia creencia sobre el país potencia (Todesca, 2006: 27), sino que repercutirá también en el resto del mundo atlántico (Larriqueta, 2004a: 234-238). Quizás ello ayude a explicar los “delirios de grandeza” que podemos encontrar durante la trágica Guerra de Malvinas. En ese entonces (abril-junio de 1982), la gran mayoría de la población creía sinceramente que Argentina podía combatir en iguales condiciones, e incluso derrotar fácilmente, a la poderosa flota británica (76% de los argentinos, según encuestas de la época, “estaba seguro de que la Argentina ganaría la guerra” -véase al respecto “Los argentinos, entre el fervor y la decepción”, Clarín, 01-04-07). Recordemos, además, en este sentido, la ovación popular que recibió el General Leopoldo Galtieri, por entonces Presidente de facto del régimen militar, cuando afirmó a la multitud reunida en la Plaza de Mayo: “Si quieren venir (los ingleses) que vengan, les presentaremos batalla”. Un análisis reciente de este tema se encuentra en Palermo (2007).

20 Debemos recordar que, si bien los mercados internacionales se cerrarán al comercio en 1930, con la crisis mundial de la bolsa, tres años después se firmará el llamado Pacto Roca-Runcimann, acuerdo bilateral entre Argentina y Gran Bretaña que brindará amplios beneficios comerciales a Inglaterra, continuando con la relación dependiente con este país (Romero, 1994; Ferrer, 2004). Por otra parte, debemos tener en cuenta la posición en la que se situó nuestro país durante la segunda Guerra Mundial (1939-1945), ubicándose como proveedor mundial de materias primas a la hambrienta y devastada población europea. Este hecho reforzará el mote de “Granero del mundo” que caracterizaría al país sudamericano a lo largo de su historia (Todesca, 2006).

21 Desde este enfoque, también denominado neo-desarrollista, la “economía de adaptación” de las elites nacionales a las ventajas comparativas de la tierra de la Pampa húmeda y la ausencia de inversiones productivas, llevaron, a grandes rasgos, a la decadencia nacional (véase Nochteff, 1995; Castellani, 2007). Existe, de todos modos, una interpretación alternativa, la neoliberal, que sostiene que hasta 1930 Argentina era un “país rico”, pero que lo que impidió la expansión nacional se debió a las políticas de “populismo económico” aplicadas a partir de la llegada al poder del peronismo, que incentivaron un Estado corrupto, burocrático y deficitario. En esta línea, véanse especialmente los trabajos de Dornbusch y Edwards (1990) y Llach (1997).

22 Esta dicotonomía entre la Nación “civilizada” de Buenos Aires frente a la Nación “bárbara” indígena y provinciana nos remite directamente a la clásica oposición realizada por el pensador y ex presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien en un famoso libro denominado precisamente Civilización o Barbarie, criticaría a los caudillos provinciales y a la tradición gauchesca, sugiriendo, al mismo tiempo, la necesidad de que el Estado en formación copiase el modelo de la democracia estadounidense y fomentase el ingreso de inmigrantes de los países anglosajones en desmedro de la inmigración hispánica e italiana. Al respecto, véase Svampa (1994).

23 Entre otros, formaban parte de este “Orden Conservador”, como lo denominará Natalio Botana (1985), Julio Roca, Figueroa Alcorta, Nicolás Avellaneda y Juárez Celman.

24 Desde el discurso de Sarmiento, basado en las ideas positivistas de Comte y Spencer, el “atraso” del país era culpa de la “barbarie” de la “raza indígena”, la híbrida y la hispánica, mientras que la cultura anglosajona era asociada a lo “moderno” y el “progreso”. Sobre el discurso de Sarmiento contrario a la “cultura indígena” y sus implicancias racistas y etnocéntricas, véase el excelente trabajo de Solodkow (2005).

25 Un rechazo que ya se hacía presente en el elitismo aristocrático de Alberdi, para quien debía existir una República restrictiva en la que sólo votara una pequeña elite privilegiada, educada y rica, que, a diferencia de la masa popular, por definición pobre e ignorante, estaba capacitada y poseía la sabiduría necesaria para “juzgar bien” y garantizar la “calidad” del acto electoral (véase Botana, 1985, especialmente pp. 58-60).

26 Con esta denominación se pretendía excluir el hecho que la campaña no se dirigía a un lugar habitado por hombres a quienes había que aniquilar, sino a un lugar desértico al que había que ocupar. Podemos decir, entonces, parafraseando a Schmitt, que este vocabulario “esencialmente pacifista”, que niega la existencia de una guerra, la cual transforma, mediante una “oferta propagandística”, en una “cruzada” o, en este caso, en una campaña, no puede evitar, pese a su pretendida “apoliticidad”, estar al servicio de “agrupaciones de amigos y enemigos” y, por lo tanto, no puede escapar a la “consecuencia interna de lo político” (véase Schmitt, 1987: 106).

27 Mientras que los Unitarios defendían a Buenos Aires, los Federales defendían a las provincias del interior (Confederación). Sin embargo, tras décadas de luchas internas, el 8 de diciembre de 1880 se logrará la unificación nacional a partir de la derrota definitiva de la provincia porteña, que quedó sometida a la jurisdicción exclusiva del gobierno nacional. Sobre el proceso de unificación nacional, véase el clásico trabajo de Oszlak (1982). Al respecto, puede verse también Botana (1985: 25-39).

28 En efecto, existirán distintas etapas dentro del modelo de industrialización sustitutivo iniciado en 1943/46. Mientras que el peronismo (1945-1955 y 1973-1974) estaba más ligado al modelo de sustitución de importaciones mercado-internista, con énfasis en la industria liviana y mediana, el llamado “desarrollismo” (1958-1973) se hallaba más concentrado en la industria pesada y el incentivo al ingreso masivo de inversiones extranjeras. Al respecto, véanse Torrado (1994), Ferrer (2004) y Basualdo (2006), entre otros.

29 En julio de 1974, con la muerte de Perón, se inició un período de caos político, económico y social que desembocaría, a partir de marzo de 1976, en el Golpe de Estado y el inicio del nuevo modelo de acumulación neoliberal.

30 Al respecto, véase Fair (2007, 2009).

31 En la misma línea, véase también Menem y Dromi (1990).

32 En otra ocasión, en consonancia con la imagen sedimentada de la Argentina como un país europeo y blanco similar a las principales potencias mundiales, el Presidente hará mención a las raíces “esencialmente europeas del hombre argentino”, debido a que a “nuestro país no llegaron los barcos de esclavos, porque en 1813 abolimos la esclavitud”. En Argentina, entonces, “no hay negros” (La Nación, 26-11-93). En realidad, como señala Solodkow, la población negra en Argentina fue, en su gran mayoría, exterminada en las guerras de independencia y en las posteriores guerras que siguieron a la independencia -como la guerra del Paraguay (1865-1870)-, o bien sucumbió ante la fiebre amarilla de 1871 (Solodwow, 2005: 108-109).

33 Resulta importante señalar, en este sentido, que la aplicación de las reformas neoliberales ya se había iniciado desde mediados de los años ´70, con la llegada del Régimen militar (1976-1983), y se había profundizado en la última etapa del gobierno de Alfonsín. Sin embargo, en ambos casos la aplicación de reformas neoliberales estuvo asociada a marchas y contramarchas que limitaron y moderaron su muchas veces contradictoria aplicación. Al respecto, véase Basualdo (2006). Varias de estas cuestiones las trabajamos también en Fair (2008a).

34 Si bien había formado parte del Golpe de Estado de 1943, Perón accedió al poder a través de una masiva proclamación popular realizada el 17 de octubre de 1945 en la Plaza de Mayo. Cuatro meses después, fue electo Presidente constitucional a través de elecciones democráticas.

35 Cabe aclarar que, pese a la evidente transformación en lo que refiere a las políticas económicas dominantes desde la posguerra, el discurso de Menem intentará legitimarse mediante la apelación al pragmatismo de la tradición peronista, entre otras estrategias enunciativas (al respecto, véase Fair, 2009). En ese contexto, Menem apelará con insistencia a la necesidad de “actualizar” el discurso peronista para hacerlo concordar con el liberalismo decimonónico y ganarse la confianza empresarial. Al respecto, puede consultarse Palermo y Novaro (1996).

36 El peronismo solía definirse como un movimiento contrario tanto al comunismo como al capitalismo. En ese contexto, si bien se ubicaba dentro del propio sistema capitalista, se situaba en una posición equidistante o “tercera posición” entre el capitalismo de Estados Unidos, acusado de “imperialista”, y el comunismo de la Unión Soviética.

37 Durante la campaña electoral Menem había defendido un discurso ambiguo en el que criticaba al Estado, pero no dejaba de intentar situarse dentro de la tradición de nacionalismo económico de su partido (véase Menem y Duhalde, 1989). En ese contexto, sin garantías sobre el futuro, los grandes empresarios temían sobre lo que pudiera hacer el dirigente justicialista una vez asumido.

38 Sobre las estampidas inflacionarias, véase Martínez (1991). En cuanto a las políticas económicas aplicadas durante el período julio de 1989-marzo de 1991, véanse Lozano y Feletti (1991) y Basualdo (2006). Hemos trabajado también este tema en Fair (2007, 2008b).

39 Acerca de las características “técnicas” del sistema de “caja de conversión”, puede verse Guillén Romo (2000).

40 De todos modos, resulta importante aclarar que la organicidad que alcanzaría el Plan de Convertibilidad en consonancia con las reformas neoliberales a partir de 1991 no implica que hubiere que pensarlo como la aplicación y despliegue de un mismo programa racionalmente pensado desde la llegada al poder de Menem, ni tampoco como una relación que pueda establecerse más allá de su contexto particular de aplicación. En otras palabras, la ligazón entre Ley de Convertibilidad y reformas neoliberales, pese a resultar funcionales a su sostenimiento, no se hallaban originariamente vinculadas, sino que fueron ligadas desde el poder político en una operación discursiva que trascendía su necesidad estructural concreta. Agradezco a Mariana Heredia el que me haya hecho ver esta última cuestión.

41 Otro de los componentes “parcialmente sedimentados” que pudo haber contribuido a conformar esta creencia es la imagen mítica de la Argentina como “país potencia” que se encuentra materializada en muchos de los textos escolares nacionales. En efecto, como ha mostrado Luis Alberto Romero (2004) en un exhaustivo análisis histórico, los textos de historia identifican al Virreinato del Río de la Plata con la Argentina, lo que por un lado excluye las pretensiones de las otras naciones participantes (Uruguay, Bolivia y Paraguay), recalcando la “generosidad” o “grandeza moral” de nuestro país y la queja por un “destino de grandeza” perdido; y por el otro, incrementa el “orgullo” de la “Gran Nación Argentina”. En segundo lugar, estos textos analizan la “epopeya sanmartiniana” que liberó a Chile y Perú como un nuevo signo de la “grandeza” y el protagonismo unívoco y desinteresado de nuestro país. Finalmente, cuando se analiza el período de Organización Nacional (1880-1930), vuelve a resaltarse la visión de una Argentina “moderna, civilizada y poderosa” que marcha “por la senda del progreso” hacia su “destino de grandeza”. De este modo, los manuales muestran que la Argentina no es una Nación más, sino una de las más importantes del mundo, sólo comparable en América a Estados Unidos y ubicada en un pie de igualdad con los países europeos. Los textos de geografía, por su parte, ubican a la Argentina como una zona “templada” (reemplazada, a partir de la década del ´80, por la visión de un “país con gran variedad de climas”) y deducen de allí que por esa razón hay un predominio de la raza blanca y europea. Según todos los manuales, esto diferenciaría a nuestro país del resto de una Latinoamérica “mestiza”. Además, mostraría, según algunos de ellos, la “superioridad” cultural y económica de la Argentina sobre el resto. Finalmente, subrayan la notable extensión del país, lo que lo ubica en el segundo lugar de América y el sexto del mundo, y la diversidad no sólo climática, sino también biótica y paisajística, lo que explicaría su “riqueza natural” y contrastaría con los demás países de Latinoamérica, especialmente en relación a la “pequeñez” y “escasa anchura” de Chile (véase Romero, 2004). Si tenemos en cuenta la importancia fundamental que ocupa la escuela, y específicamente los maestros, en la socialización de las futuras generaciones (Berger y Luckmann, 1997), podemos concluir, entonces, que los manuales escolares, principalmente hasta 1983, cumplirán un papel nada desdeñable en el reforzamiento y, al mismo tiempo naturalización, del mito del país potencia.

42 Sobre el proceso de objetivación discursiva del mito, véanse, desde enfoques diferentes, Barthes (1991) y Berger y Luckmann (1997). El concepto de objetivación se encuentra presente también, desde diversas perspectivas, en el análisis de las representaciones sociales de Moscovici (1979) y en la noción de hábitus de Bourdieu (1984, 1991). A su vez, sido abordada por Lacan para dar cuenta de la “forclusión” del sujeto en el discurso de la ciencia (véase Lacan, 2003, 2006).

43 En palabras de Menem, “si no ejecutamos la Reforma aquí y ahora, Argentina profundizará la decadencia” (Menem y Dromi, 1990: 51).

44 Acerca de la cuestión militar durante el menemismo, véase Acuña y Smulovitz (1995). En cuanto al discurso de “pacificación” de Menem, véanse Palermo y Novaro (1996) y Aboy Carlés (2001).

45 Si bien durante los primeros meses la tasa de inflación no logrará eliminarse completamente, llegando al “récord” de 3,1% en junio de 1991, en los años posteriores a la puesta en marcha del régimen de Convertibilidad la cifra se mantendrá en un promedio cercano al 1%, alcanzando el histórico 0% en diciembre de 1993, e incluso algunos períodos deflacionarios a partir de marzo de 1995 (Datos extraídos de www.indec.gov.ar).

46 Recuperamos aquí algunas cuestiones desarrolladas en Fair (2008c).

47 Según datos del INDEC, los hogares pobres en el Gran Buenos Aires se reducirán desde un 38,2% de octubre de 1989 a 21,9% en mayo de 1991, alcanzando niveles del 16,3% en mayo de 1995. Al mismo tiempo, los índices de indigencia caerán, durante el mismo período, de 11,6% a 3,6%, recuperándose levemente a 4,3% durante mayo del ´95. En cuanto a las personas pobres, los índices oficiales del Gran Buenos Aires señalan, para similar período, una reducción del 47,3% a 28,9% y 22,2%, respectivamente, al tiempo que las personas en situación de indigencia lo harán de 16,5% a 5,1%, expandiéndose levemente a 5,7% (datos extraídos de www.indec.gov.ar).




En Globalización: HERNÁN Fair


Feb 2011 Por una economía con un rostro humano. Crítica a la filosofía utilitarista neoliberal a partir del caso Argentino

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Oct 2010 Ciudadanía, representación y liderazgo. Apuntes del caso argentino acerca de un vínculo indestructible

Sept 2009 El sistema global neoliberal


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