Diego Tagarelli
La política latinoamericana no puede concebirse correctamente ignorando los componentes simbólicos populares que impregnan las prácticas, discursos, enunciados, programas o representaciones de los diversos actores sociopolíticos. Si bien el campo simbólico posee sus propias determinaciones, como asimismo lo posee el campo político, es inapropiado reconocerlos como espacios absolutamente separados entre sí y, por lo mismo, es incorrecto no considerar las características simbólicas particulares que asumen los dirigentes, guías o líderes políticos como componentes claves de los procesos históricos.
Todas las relaciones sociales, dadas históricamente, requieren de elementos simbólicos para sostenerse, identificarse, vincularse, distinguirse o enfrentarse. Y esto en la medida que las relaciones sociales, sujetas a condiciones materiales históricas, precisan de componentes ideológicos necesarios para reproducir o transformar las propias relaciones sociales, es decir, para subsistir como tales. Ahora bien, si el campo de las ideas, de la ideología, existe en función de relaciones sociales que dependen de intereses desiguales, contradictorios o antagónicos, indudablemente la función inherente a toda ideología no puede ser otra que la de presentar los intereses de determinado grupo, sector o clase como intereses generales del mundo social, al mismo tiempo que se propone negar la naturaleza social e ideológica de los restantes grupos sociales.
Sin embargo, los intereses antagónicos manifestados en las relaciones sociales históricas, como dijimos, se encuentran sujetos a condiciones materiales, es decir, obedecen al lugar ocupado en la estructura económica y los espacios de poder político. En este sentido, los elementos ideológicos de los sectores desposeídos o que ocupan posiciones de subordinación en el terreno económico y político, no poseen la misma capacidad o potencial que los sectores o clases dominantes para ejercer una fuerza ideológica capaz de manifestarse, establecerse, imponerse. En este sentido, la función de la ideología dominante no puede ser otro que el de ocultar las relaciones reales de existencia y, al mismo tiempo, desplazar a un campo imaginario los conflictos materiales reales de existencia para resolver en el plano ideológico las luchas sociales. Esa es su mayor victoria y su extraordinaria capacidad para perpetuarse.
Pero es desde allí, precisamente desde estos espacios económicos, políticos y sociales (sean estos propios de los intereses dominantes o propio de los sectores sometidos) donde la ideología articula sus prácticas para reafirmar el predominio y las formas de lucha social de un grupo sobre otro. Esto significa que toda ideología mantiene una estrecha vinculación con el campo político y económico a fin de manifestarse. Por lo mismo, toda ideología debe materializarse en aparatos, mecanismos o dispositivos de poder que permitan infundir las formas y contenidos de determinados intereses...
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