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EL HOMBRE Y SU COPIA

Extrapolaciones sobre la clonación

 

Por lo que toca a la técnica, mi determinación de la esencia de la técnica, que hasta ahora en ninguna parte ha sido acogida, es ésta, para decirlo concretamente: que la ciencia natural moderna se funda en el desarrollo de la técnica moderna y no al revés. En primer lugar, hay que decir que yo no estoy contra la técnica; jamás he hablado contra la técnica ni tampoco contra lo así llamado demoníaco de la técnica, sino que yo intento comprender la esencia de la técnica. Cuando digo que los peligros que encierra la técnica son mayores que la bomba atómica, estoy pensando en lo que hoy se desarrolla como biofísica. Nosotros, en un tiempo previsible, estaremos en situación de hacer así al hombre; es decir , construirlo en su esencia puramente orgánica tal como se lo necesite: hábiles e inhábiles, discretos y tontos; hasta eso se llegará. Veo en la técnica, es decir en su esencia, que el hombre está bajo un poder que lo reta, que lo exige, y frente al cual él ya no es libre; que aquí algo se anuncia , a saber, una referencia del ser al hombre, y que esta referencia que se oculta en la esencia de la técnica, un día tal vez salga de su ocultamiento.

Martin Heidegger.

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Entre nuestras más recurrentes divagaciones se encuentra la del crimen perfecto y, más particularmente, la del asesinato perfecto. Matar a otro sin ser jamás descubierto como autor del crimen. Matar a otro y no dejar rastros ni huellas. Incluso, si es posible, hacer desaparecer el cuerpo de la víctima; conseguir, si se puede, que nadie repare en el siniestro acontecimiento; como si la víctima nunca hubiese existido: suprimir al otro y hacerlo desaparecer conjuntamente con su pasado. No se puede ser culpable de la muerte de alguien que nunca existió y cuya ausencia nadie percibió.

En simétrica oposición y con particular fuerza se impone la convicción de que nadie puede matar a otro sin responder por su acto criminal. Si alguien muere asesinado, aquel que le dio muerte debe ser encontrado y juzgado. Nadie puede desaparecer sin causa conocida o, por lo menos, supuesta. De alguien se puede suponer que desapareció porque tenía líos con la justicia; o bien que murió ahogado y su cuerpo aun no ha sido encontrado, pero que algún día lo será; o bien que el Poder lo hizo desaparecer y lo puso a la sombra para liberarse de su molesta oposición, etc. Pero cuando alguien muere asesinado, una dinámica particular se pone en marcha. Aun podemos suponer que toda persona vive inserta en un medio social que lo acoge y lo valora, vive allí junto a muchos otros con los que trabaja o alterna de alguna manera. Ello es así incluso si esa persona es sola, carente de familia. Cuando alguien intempestivamente desaparece, los otros reaccionan sorprendidos e inquietos. Una presencia se ausenta, una ausencia se presenta. No sólo que posiblemente algunos incluían al desaparecido entre sus amigos, sino además que mientras no se conozca su paradero todos los demás son sospechosos de estar implicados en su desaparición. Para quienes le estaban afectivamente ligados, la posibilidad de una desgracia toma la forma de un desgarro: cuando alguien comparte de alguna manera su vida con un otro, la muerte de ese otro lo penetra y lo perturba íntegramente.

La violenta desaparición de uno de sus miembros afecta a la sociedad en su conjunto. Por un lado, una herida se abre en el tejido social; por otro, todos se encuentran amenazados de ser eliminados de la misma manera. Por ello, la colectividad multiplica los medios que le permitirán conocer las circunstancias de la muerte del afectado, encontrar a los culpables y castigarlos. Mientras ello no se consiga, no habrá descanso. La justicia recurrirá a la panoplia completa de sus medios de investigación, desde la identificación de huellas dactilares, hasta los exámenes de ADN, pasando por los retratos hablados, los interrogatorios, las pesquisas, etc. La vida entera de la víctima será investigada y todos los antecedentes reunidos en un expediente. En éste figurarán su biografía, sus hábitos y costumbres, sus familiares y conocidos, su historial clínico, sus radiografías dentales, las declaraciones y testimonios de los testigos, etc.

Así, nadie puede desconocer el valor que clásicamente la colectividad ha conferido a la vida e integridad física y moral de las personas que la componen. Ello refleja el reconocimiento de las instituciones a la significación excepcional y única del ser humano, unido éste a la voluntad de velar por la protección de su vida y sus derechos, así como a la decisión de perseguir y penalizar a quienes los lesionen, distinguiendo el asesinato como el más grave de los crímenes y a aquel que lo comete como el que más duramente debe ser castigado. Aun así, muchos sostienen que la sociedad, a través de la justicia, no tiene el derecho de quitarle la vida al asesino. Para los enemigos de la pena de muerte incluso la vida de un asesino debe ser respetada.

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El supremo valor que la cultura occidental asigna al individuo, a su vida, su integridad y sus derechos, se funda en un misterio. El cristianismo sostiene que el hombre es una criatura de Dios y que fue hecho a su imagen y semejanza, de allí lo sagrado de su condición. Metafísicamente, el misterio del supremo valor que sobre el individuo recae ha sido interpretado de las más diferentes maneras, todas ellas tienen sin embargo algo en común: el hombre es único y es el centro a partir del cual el resto de las cosas empiezan a tener sentido.

El misterio del principio que confiere un valor supremo a la vida del prójimo es tan desconcertante como su total relatividad. Día a día a lo largo y ancho del mundo y desde siempre, tanto en Occidente como en Oriente, por razones religiosas, políticas, geográficas, raciales o lo que sea, los hombres se quitan la vida los uno a los otros con pavorosa facilidad y frecuencia. Las víctimas de los conflictos bélicos en este siglo se cuentan por decenas de millones. Otro tanto pude decirse respecto de la violencia política y las guerras civiles. Basta informarse de lo que sucede hoy en Argelia para saber de qué manera las diferencias religiosas y los llamados "fundamentalismos" generan muerte y destrucción allí, como en muchas otras partes del planeta. Todos los amaneceres, en cualquier gran metrópoli del mundo, se recogen por centenas los cuerpos sin vida de las víctimas de la violencia callejera y la criminalidad común.

Para explicar esta contradicción, ha sido hasta ahora posible recurrir a una argumentación "racional", "moral" o "cultural": se mata para proteger la civilización y sus grandes valores. Hasta un cierto momento, la imagen sintética de un progreso de la civilización a través de las contingencias de una épica histórica inevitablemente sangrienta pudo ser sostenida. El apogeo de estas teleologías está representado por el hegelianismo y su confianza en los progresos del "espíritu absoluto". Se sostiene que la paz y el respeto de la vida e integridad de todos y cada uno de los individuos que componen la humanidad será la culminación del largo proceso que lleva a la superación de las diferencias y el advenimiento de la eterna unidad del ser. Las actuales teorías del fin de la historia son una manifestación extemporánea de estas mismas concepciones.

Pese a su carácter metafísico, a sus fundamentos supersticiosos, y una práctica abiertamente contradictoria con esos mismos fundamentos, estas concepciones permitieron sin embargo establecer durante siglos las referencias válidas para la defensa de la vida humana y la construcción de un escenario socio - cultural favorable a una determinada autoafirmación del individuo como sujeto dotado de una cierta especificidad. Esta antropología consagraba los valores y atributos que hacían del hombre considerado individual y socialmente el objeto y fin de un proceso que lo encaminaba hacia su propia y creciente perfección. En estos valores el hombre podía verse reflejado, medido y estimado como un ser excepcional, dotado de merecida y respetable dignidad ante los ojos de Dios y de sus semejantes.

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Con la declinación de la fe religiosa y el agotamiento de la metafísica, irrumpe el nihilismo en Occidente y los valores que sostenían la autoafirmación de la persona humana comienzan a desagregarse, siguiendo el ritmo con que se descompone la sociedad tradicional y adviene la moderna sociedad de masas. Esta ya no busca sus fundamentos en una determinada espiritualidad supra terrestre, sino que se vuelca progresivamente hacia una práctica industriosa de explotación creativa de los recursos que ofrece el mundo natural, con fines productivistas, hedonistas y de confort. Este mundo emergente, cuya geografía profunda vislumbró Nietzsche antes que nadie, se apoya mucho más en la ciencia y la tecnología que en la religión o el humanismo ilustrado.

En este nuevo escenario, el destino del hombre se muestra bajo una condición paradojal. Al mismo tiempo que se multiplican las fuentes de satisfacción individual, la consistencia e integridad de la persona, víctima de la masificación, no cesa de debilitarse. El aumento de la población, el gigantismo de la urbe, la producción en serie, la uniformidad de las prácticas culturales, , constituyen, entre otros, los rasgos propios a nuestro tiempo. La masificación destruye las singularidades e iguala los imaginarios y los comportamientos, simplificándolos. En el ámbito laboral, los hombres deben ser prescindibles y reemplazables, para lo cual lo más conveniente es que en todo sentido se aproximen a ciertos modelos preestablecidos cuyas características responden a los requerimientos del sistema productivo. Cada cual debe estar lo más preparado posible para ir a ocupar un puesto en la maquinaria de la producción y el consumo masivos. Su nivel de competencia depende del grado de capacitación que haya adquirido en el conocimiento y manejo de las tecnologías que incesantemente se renuevan y perfeccionan.

Este proceso en que el individuo se enmarca cada vez más profunda y unilateralmente en las actividades productivas lo afectan en su esencia. El hombre ya no se enfrenta al mundo a partir de su libertad. Se encuentra atrapado por un sistema que lo involucra en plenitud, que no le deja un respiro para tomar distancia crítica e imaginar otras alternativas de vida y de autorealización. Conjuntamente con ello, la dimensión social del hombre - si ella es entendida como participación activa en los asuntos más importantes de la colectividad -, se adelgaza hasta casi desaparecer.

Si bien aun hoy el hombre occidental conserva formal e institucionalmente buena parte del aura trascendente con que la religión, la filosofía y el derecho lo invistieran a lo largo de siglos, no cabe duda que su posición se debilita progresivamente con las transformaciones estructurales que con el tiempo sufre la sociedad. Es cierto que los crímenes siguen siendo investigados y los asesinos castigados, pero las condiciones que permiten la vida en sociedad se degradan. El derecho a la vida parece seguir siendo respetado, pero la seguridad y calidad de la vida disminuyen en la misma medida en que el hombre pierde significación frente a la creciente automatización de importantes sectores de la vida económica y social. Es posible ahora imaginar que el sistema no necesita del hombre para seguir funcionando. O bien, que el hombre no es más que un elemento constituyente del sistema como cualquier otro y que, en consecuencia, hay que procurar "producirlo" de acuerdo a las condiciones y necesidades que el sistema establezca para los fines de su continuidad.

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Solicitadas por los poderes y apoyadas por la ciencia, las tecnologías penetran cada vez más profunda y extensamente en todas las áreas de lo real, manipulándolo y transformándolo todo de una u otra manera hasta forzarlo a hacer disponibles todas sus potencialidades, aun a costa de su degradación, desnaturalización o destrucción. Esta invasión y explotación no afecta solamente a la naturaleza inorgánica, sino que alcanza ya al mundo orgánico hasta llegar a los niveles más íntimos de lo viviente. Hoy es posible, por manipulación genética, obtener una réplica de ciertos animales con fines comerciales y de hecho, en Japón, el proyecto de producir vacunos masivamente por clonación para fines alimentarios ha comenzado a ser implementado. Esta realidad genera problemas en distintos planos. Está, por un lado, presente una indagación filosófica recién comenzada sobre el significado de la animalidad y del tratamiento que el hombre ha dado a los animales a lo largo de los siglos. Hay, además, una cuestión ética que sobreviene como consecuencia justamente de nuestro comportamiento hacia los animales y, particularmente en lo que se refiere a la clonación. Existe también la presunción científica de que el proceso de reproducción artificial de los animales por medio de la intervención externa en su gestación genética, produce alteraciones en las naturaleza misma de su composición orgánica, es decir, en aquello que servirá a nuestra alimentación y vendrá entonces a condicionar y modificar nuestra propia naturaleza.

La experiencia indica que por si mismas ni la ciencia ni la tecnología son capaces de considerar críticamente el sentido y los alcances de sus logros. ("La ciencia no piensa" Heidegger ) Estos se justifican por si mismos en cuanto tales. Si producir una réplica de un animal se ha demostrado técnicamente posible, será igualmente posible obtener una réplica de un hombre. El hombre habrá entonces entrado en la era de su propia reproductividad técnica. Ello es posible en el contexto de un individuo despojado de la sacralidad que le confiriera la religión y de la grandeza que le reconociera la cultura humanista clásica por su condición de ser único, dotado de razón y conciencia.

La clonación humana representa la forma más evolucionada del proceso incontenible que conduce a la tecnología a convertirlo todo en objeto de su intervención, al mismo tiempo que el paso desde la degradación simbólica del hombre a una nueva forma, mas radical y concreta, de destrucción. La destrucción del hombre por eliminación (ejemplo: el exterminio de los judíos por los nazis) deja intacta la humanidad trascendente del hombre individual, aun en su muerte, por cuanto no puede ser negado por completo su carácter de ser único, sólo igual a si mismo y, como tal, distinguible y recordable. Un clon, en cambio, carece del valor que proviene de la unicidad y al mismo tiempo despoja de ésta al individuo al que repite. La clonación es el acto por el cual el hombre (y su doble) alcanza su total banalización y se transforma en un ente susceptible de ser producido en serie para efectos operativos del sistema productivo y la reducción de los costos de producción. Ahora será posible producir individuos ad hoc, programados de tal manera que la amplitud de su horizonte intelectual y volitivo sea finamente graduado en función de las necesidades del sistema y los fines a los cuales se les quiera destinar.

Las condiciones de vida de los clones no serán envidiables. Seres de segunda categoría, irán a aumentar el número de tantos grupos sociales hoy discriminados: indios, negros, gitanos, etc. Serán además odiados por el número creciente de hombres originales que no tienen trabajo. Posiblemente muchos de ellos serán asesinados. Se dictarán leyes para proteger la vida y los derechos de esta nueva minoría, pero, como en tantos otros casos, esas leyes serán, con frecuencia, ignoradas e interpretadas tendenciosamente: una copia no merece el mismo trato que un original. En su neutralidad, la tecnociencia no considera el aprovechamiento espurio ni el empleo ideológico que puede hacerse de sus descubrimientos. Es por eso que para quienes una cierta concepción elevada del ser humano sigue siendo prioritaria e intransable, una labor de vigilancia y denuncia está a la orden del día. Así como muchas otras prácticas que se desarrollan en los recintos asépticos en que opera la tecnociencia, la manipulación genética debe ser sometida a las más severas medidas de control y la comunidad debe ser llamada a informarse y definir una opinión.

Jorge Michell

Santiago, Octubre 1998.

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