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Junio 2015

Descrecimiento en el mundo y en México ¿Cómo salir de los imaginarios dominantes, desde el campo artístico?


Miguel Valencia Mulkay

Conferencia presentada el 7 de mayo de 2015 en La Casa del Lago de la UNAM

La creación de los bancos hace mas de 800 años desata en el mundo un proceso de crecimiento y desacralización que no se ha detenido hasta nuestros días;pero, es con el nacimiento de la revolución industrial que se hace más evidente este crecimiento y más fuertes las reacciones contra eso que desde entonces llaman progreso, como lo fue la revolución luddita que a principios del siglo XIX destruyó maquinas en nombre de la defensa de la artesanía y el movimiento romántico inglés y alemán, en las que destaca Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida como Mary Shelley, esposa del poeta del mismo nombre y autora de la famosa novela gótica Frankenstein o el Moderno Prometeo, en la que ilustra magníficamente cómo funcionan las creaciones de la tecnología moderna. La economía, motor del crecimiento, empieza a tomar autonomía, a salirse del control social, en el siglo XVII, pues cambia la percepción del mundo en las sociedades europeas cuando se acepta que el mundo está lleno de escaseces en lugar de abundancias, cuando se vuelven legítimas las más descabelladas ambiciones. El imaginario económico que tiene por su núcleo la idea de la escasez penetra y domina crecientemente las mentes de los europeos y las clases dominantes en sus colonias. Nacen las economías de crecimiento, con el apoyo de la ciencia y la tecnología que empieza la carrera de innovaciones que permiten crear mercados en países cada día más lejanos.    

En el siglo XX, las revoluciones tecnológicas y las grandes guerras se retroalimentan mutuamente y aceleran el crecimiento del consumo de productos industriales y la desaparición de la producción vernácula, artesanal. Como consecuencia de estas revoluciones, se acelera en el mundo la desaparición de los lenguajes, las culturas, las especies vegetales y animales, los saberes, las técnicas milenarias. Se impone la modernidad dominada por la industria y el consumismo. Sin embargo, no es sino hasta después de la Segunda Guerra que las grandes naciones acuerdan que la principal tarea de los gobiernos consiste en hacer crecer la economía, el Producto Interno Bruto o PIB, y que todas las naciones deben participar en las olimpiadas mundiales del crecimiento. En enero de 1949, en su discurso a la nación, el presidente Truman describe el modo de vida de su país y de los que se le parecen como desarrollado y como subdesarrollados a los que no lo tienen: lanza la consigna del desarrollo que sustituye a la consigna británica del siglo anterior, el progreso, e invita a las demás naciones, como lo hacen los poderosos, a comprar las tecnologías que hacen posible este modo de vida.

Aparece entonces la mercadotecnia y su gran apoyo, la publicidad, para incitar al consumo, para reforzar al imaginario económico con su arma preferida: la envidia, el placer que excluye el placer del otro, del placer común. En los Treinta Años Gloriosos- 1945-1975- proliferan las innovaciones en el modo de vida de los países desarrollados que han dejado de ser una economía de crecimiento, para convertirse en una sociedad de crecimiento; es decir en una sociedad dominada por una economía de crecimiento que tiende a dejarse absorber por ella. El crecimiento por el crecimiento mismo es su objetivo primordial y único de la vida. Joseph Schumacher define el crecimiento, como producir más, sin tomar en cuenta la naturaleza de lo que se produce. Puede decirse que la mundialización o globalización, que marca el paso de una economía mundial con mercado a una economía y una sociedad de mercado sin fronteras, constituye el triunfo absoluto de la religión del crecimiento.

Sin embargo, hacia finales de los 50 inician las primeras manifestaciones de descontento con el modo de vida creado por las nuevas políticas para el desarrollo; empiezan a sonar las alarmas por las protestas contra las tecnologías nucleares, contra la contaminación de ríos, lagos, mares. En los 60 se aceleran las protestas contra los pesticidas utilizados en la agricultura como el DDT, la contaminación creada por la industria, la implacable expansión de la urbanización, lanzamiento de productos fitotóxicos sobre Vietnam y se producen los primeros desastres ambientales, como el vertido de mercurio en la bahía de Minamata en Japón y el naufragio del Torrey Canyon que derrama 30,000 toneladas de petróleo al mar. El nuevo modo de vida industrializado es rechazado por grandes pensadores que fertilizan intelectualmente el movimiento del 68 europeo y estadounidense. Las inquietudes escalan a tal punto que un alto ejecutivo de la  FIAT consigue integrar una asociación de empresas transnacionales, el Club de Roma, con el fin de realizar un estudio sobre el crecimiento que se le encarga a un grupo de científicos del MIT, el que publica a principios de 1971 el libro considerado como el más subversivo del siglo XX: Los  Limites del Crecimiento, libro que describe el poco futuro que tiene el crecimiento de la economía en un mundo finito. Se desata así el debate mundial sobre el crecimiento. Destacadamente,  Ivan Ilich, André Gorz, Francois Partant, Corneluis Castoriadis,  escriben libros que sientan las bases  del debate actual sobre el crecimiento. Los libros escritos por Ivan Illich en Cuernavaca, Morelos, como La Convivialidad, Némesis Médica, La sociedad desescolarizada, Energía y Equidad, provocan un revuelo mundial, al punto que se le considera hoy en día con justicia como uno de los pensadores más importantes y lucidos de la segunda mitad del siglo XX y como pilar del movimiento por el descrecimiento.

En 1972, la Conferencia de Estocolmo marca por la primera vez el interés "oficial" de los gobiernos por los asuntos del medio ambiente; en ese mismo año el presidente de la Comisión Europea Sicco Mansholt recomienda reflexionar sobre un escenario de "crecimiento negativo" y propone reducir nuestro crecimiento económico, para sustituirlo por un noción de otra cultura de felicidad, de bien estar; y más tarde declara que el crecimiento no es sino un objetivo político inmediato que sirve a las minorías dominantes". En ese mismo año se desata el movimiento ecologista cuya piedra angular es la creencia de que nuestra Tierra finita pone límites al crecimiento industrial; de esta forma el principio rector sería la "sustentabilidad", una de las palabras más cuestionadas del vocabulario político. Por otra parte, se desata el primer gran shock petrolero: el crudo sube de 2 dólares a 40 dólares el barril en los 70; en esa década llega a su esplendor el movimiento ecologista de los países desarrollados y poco cambian desde entonces los fundamentos filosóficos y los objetivos de los verdes y los ecologistas. Sin embargo, los intereses económicos afectados por la revelaciones del informe del Club de Roma, la crisis petrolera y las denuncias del movimiento ecologista internacional de los 70, reaccionan con una fuerza descomunal, titánica: se imponen las ideas neoliberales a finales de la década en el gobierno de la señora Thacher y luego en el resto del mundo: justifican la radicalización del cinismo de los dirigentes y del embrutecimiento de la sociedad consumista, industrializada. En los 80, los gobiernos consiguen aislar y sofocar la crítica al crecimiento y a la sociedad industrial; también, consiguen asfixiar al movimiento ecologista de los países desarrollados, por medio del apoyo al ambientalismo más cientificista posible y la creación de la tramposa doctrina del desarrollo sustentable que pretende que las soluciones a los problemas ambientales deben ser tecno científicas.   

No es sino hasta 2002 que las diferentes corrientes de pensamiento crítico en torno al crecimiento se reúnen en París, en el seminario de la UNESCO Deshacer el desarrollo Rehacer el mundo; refrendan su rechazo al crecimiento y exploran el posdesarrollo. Participan en este seminario admiradores de la obra de Ivan Illich, Georgescu Roegen, Corneluis Castoriadis, Jacques Ellul, Karl Polanyi, Alain Caille, Jean Pierre Dupuy, Marshall Shalins, entre otros. Ivan Illich muere poco tiempo después. Serge Latouche, participante en este seminario, publica en 2003 un artículo en Le Monde Diplomatique con el titulo Pour un societé de decroissance, Por una sociedad de descrecimiento, que desata un gran revuelo entre los partidos Verdes, las confederaciones campesinas y una gran sector de opinión de Francia, afectado por la muerte de más de 10,000 ancianos en sólo dos semanas, ocasionada por una ola de calor atípica que asuela Paris en ese verano. Se lanza un periódico sobre el tema- La Decroissance- se fundan dos asociaciones y un partido por el descrecimiento. Francois Schneider recorre los pueblos de Francia en un burro y se crean grupos por el descrecimiento en muchas provincias francesas.

El movimiento por el descrecimiento invade Italia y España en 2005 y 2006, luego se extiende a Dinamarca, Inglaterra, Polonia y otros países. En 2007, nuestro grupo ECOMUNIDADES, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México, organiza el primer ciclo de conferencias sobre el Descrecimiento, con el apoyo de Jean Robert, el más destacado conocedor del pensamiento de Ivan Illich . En la primera conferencia adoptamos la  palabra Descrecimiento, con una s, con el fin de denotar el sentido voluntario de la consigna descrecimiento. Esta palabra ha sido recientemente adoptada por el grupo español de la universidad de Barcelona, en su nuevo Diccionario del Descrecimiento.  En 2008 se celebra en Paris la Primera Conferencia Internacional por el Descrecimiento o Degrowth, como ahora se le califica internacionalmente a esta consigna y se acuerda celebrar estas conferencias cada dos años. Luego, se celebran las conferencias internacionales de Barcelona en 2010, de Venecia y Montreal en 2012 y de Leipzig en 2014. Más de 3,500 personas de más de 50 países se reúnen en esta última conferencia internacional.  

Serge Latouche, nos dice en su famoso libro, La Apuesta por el descrecimiento, que el descrecimiento no es una teoría, sino una consigna política, con grandes implicaciones teóricas y comenta "Nuestra sociedad ha ligado su destino a una organización fundada sobre la acumulación ilimitada. Este sistema está condenado al crecimiento. Tan pronto se frena o se detiene el crecimiento, entramos en crisis, en pánico. Esta necesidad hace del crecimiento un círculo vicioso… La relación de crédito, advierte con pertinencia Rolf Steppacher, crea la obligación de reembolsar la deuda con interés y por lo mismo de producir más de lo que se ha recibido. El pago de la deuda con intereses introduce la necesidad del crecimiento así como una serie de obligaciones correspondientes. Conviene ser solvente para pagar el crédito en una temporalidad definida; es necesario producir, en principio de manera exponencial, con el fin de pagar los intereses de la deuda y por lo mismo evaluar todas las actividades aferentes haciendo un análisis del tipo  costo beneficio. Estas exigencias combinadas son las que obligan a crecer indefinidamente. Colonizada por la lógica financiera, la economía es como un gigante desequilibrado que permanece de pie  gracias a una carrera perpetua destruyendo todo a su paso. Y nos dice Latouche La sociedad moderna no es sostenible: choca con la finitud de la biósfera; sobrepasa con mucho la capacidad de carga de la Tierra, Con un alza del PIB del  3.5%, tasa media de crecimiento de Francia entre 1949 y 1959, se llega a una multiplicación de 31 veces en un siglo y 961 veces en dos siglos. ¿Se puede pensar verdaderamente que un crecimiento infinito es posible en un planeta finito? El hubris, la desmesura del dueño y poseedor de la naturaleza ha tomado el lugar de la antigua sabiduría que consistía en insertarse en un ambiente explotado de manera razonable".

Podemos confirmar con facilidad que la Tierra no aguanta más autos, aviones, trenes rápidos, tanqueros; mas extracción de gas, petróleo, metales; más producción de electricidad; mas bombeo de agua, presas y trasvases; mas pavimentación, vías rápidas y carreteras; mas infraestructuras para el confinamiento de basura o residuos tóxicos o peligrosos; la producción de mas celulares, computadoras y otros aparatos electrónicos.  Tener una fe ciega en la ciencia y en el futuro para resolver los problemas del presente es contrario no solamente al principio de precaución, sino simplemente al sentido común. Con sus proyectos de "transhumanidad", los fanáticos de la nanotecnología y de la convergencia pueden, no sin cierta verosimilitud, pretender inventar o fabricar una nueva especie humana capaz de sobrevivir en un medio ambiente degradado. Sin embargo, los dueños del mundo no participan del delirio y las utopías euforizantes del capitalismo; en su visión geopolítica, encuentran necesario llevar la población humana a unos 600 millones de habitantes, talla compatible con la sobrevivencia de la biosfera y el mantenimiento de sus privilegios. El descrecimiento en cambio consiste en otra cosa: un cambio voluntario de la dirección en el interés de todos.

Latouche nos dice, además, que la sociedad de crecimiento no es deseable. Ivan Illich había señalado ya que la desaparición programada de la sociedad de crecimiento no es necesariamente una mala noticia. Seriamos mucho más felices sin este crecimiento perpetuo, por lo que propone vivir de otra forma, para vivir mejor. Por al menos tres razones, de acuerdo con Latouche, no es deseable la sociedad de crecimiento: Engendra una gran cantidad de desigualdades e injusticias; Crea un bienestar en gran medida ilusorio; No crea una sociedad deseable, amable, convivencial entre los mismos privilegiados por el sistema, sino una "antisociedad" enferma por su riqueza.  El aumento del Producto Interno Bruto en los países desarrollados no les ha traído más felicidad, pues mide la producción económica, pero, no mide las consecuencias del crecimiento, como lo es la destrucción ecológica y del tejido social. Ya Robert Kennedy declaraba Nuestro PIB incluye la contaminación del aire, la publicidad de los cigarros y las carreras de las ambulancias que recogen los muertos y heridos en las carreteras. Incluye la destrucción de nuestros bosques y la destrucción de la Naturaleza; incluye el NAPALM y el costo del almacenamiento de los desechos radiactivos. Por otro lado, el PIB no toma en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación, la alegría de sus juegos, la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios. No toma en consideración nuestro vigor, nuestra integridad, nuestra inteligencia, nuestra sabiduría. Mide todo, salva aquello que hace que la vida valga la pena de ser vivida.

Fue necesario esperar hasta finales de los 60, para que apareciera el concepto del "desvalor" lanzado por Illich, para entender cómo el aumento en el número de fenómenos mórbidos (suicidios, crímenes) crece a medida que progresan las ciencias, la industria y la economía, como lo señalaba Durkheim. Illich dice que el desvalor designa "la perdida que no se podría estimar en términos económicos"…" pues el economista no tiene medio alguno para estimar lo que sucede a una persona que pierde el uso efectivo de sus pies porque el automóvil ejerce un monopolio radical sobre la locomoción. De lo que se le quita a esta persona no está en el reino de la escasez. Hoy en día para ir de aquí a allá debe comprar kilómetros-pasajero. El medio geográfico le paraliza sus pies. El espacio se ha convertido en una infraestructura destinada a los vehículos ¿Se han vuelto obsoletos los pies? Desde luego que no. Los pies no son "medios rudimentarios de transporte", como algunos responsables de las redes carreteras quieren hacérnoslos creer. Sin embargo, sucede que ahora, atrapada por la economía- por no decir anestesiada- la gente se vuelve ciega e indiferente a la pérdida inducida por el desvalor"  En el reemplazo de productos antiguos por nuevos productos, hay formas parecidas de "desvalor": se sobreestima considerablemente el aspecto positivo del progreso y se subestima el peso real de los productos desaparecidos.    

No se trata de cambiar la forma de medir las cosas o de crear mejores índices de la felicidad o del bienestar, para transformar a la sociedad. Ante todo se requiere cambiar los valores y actuar en consecuencia en cada concepto. La descolonización del imaginario social, propuesta central del descrecimiento, engendra el "reempotramiento" de lo económico en lo social, acto que cambia los términos del problema. Reempotrar la economía implica someter a la economía al control social, según Latouche. Así se eliminan las luchas inútiles, como lo es la lucha contra la pobreza. Con el crecimiento aumenta siempre el umbral de la pobreza; es necesario tener más ingresos para salir de la pobreza.  En una sociedad democrática el verdadero problema es el de la riqueza. Hay que poner límites al enriquecimiento económico. Como lo señala Illich, la economía es un juego suma cero; lo que ganan unos lo pierden otros. La creación de un supermillonario implica la creación de millones de miserables.

Se acusa al descrecimiento de querer llevar a la sociedad a la edad de piedra, sin embargo, tal como la ha definido Marshal Shalins en su famoso libro La edad de piedra, la edad de la abundancia, esta edad no estaba nada mal. Los papuanos, nos dice Ives Cochet, no dedican más de dos horas al día a la agricultura de subsistencia. Hay maneras de dejar de ser progresistas sin volverse reaccionarios, afirma Jean Paul Besset y nos dice Salir de la autopista del progreso no implica caer en el callejón sin salida del pasado. Silvia Pérez-Victoria nos advierte que en muchos países del Sur y de la Europa del Este mas de un 50% de la población vive de la agricultura; vive de acuerdo a los "valores campesinos" y preserva la biodiversidad, los suelos, el agua: son ellos los que conservan relaciones sociales diversificadas. Si regresáramos "a la vela", al pasado, la mayor parte de la humanidad continuaría su vida como la vive hoy en día, pero, con una presión mucho menor sobre la Naturaleza y sobre las culturas. Se requeriría mucho más mano de obra en el campo. El fin del petróleo barato amenaza conducirnos a un regreso al pasado. El retroceso se impone en muchos ámbitos, por ejemplo en la agricultura y muy especialmente en la pesca. El descrecimiento se asocia frecuentemente a los que se llama "simplicidad voluntaria" que toma fuerza en Estados Unidos y Canadá en los últimos años. Podrían existir en Europa hasta unos 12 millones de personas en el "descrecimiento". No obstante, la austeridad, la frugalidad, la simplicidad voluntaria como iniciativas individuales difícilmente pueden ser suficientes para salvar al planeta.

A la pregunta ¿Cómo salir del crecimiento, de la búsqueda desenfrenada de utilidades de quienes detentan el capital? Latouche nos comenta "no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento. Sin embargo, el descrecimiento no es posible sino en una sociedad de descrecimiento. El proyecto del descrecimiento es un proyecto político  que consiste en la construcción de sociedades autónomas y ecónomas. Se trata de producir menos para vivir mejor, para salvar al planeta. Se trata de una ruptura necesaria con la situación actual. Latouche sintetiza su programa político de descrecimiento en ocho objetivos interdependientes, en 8 Rs: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Estos 8 objetivos son susceptibles de armar o desatar un círculo virtuoso de descrecimiento sereno, convivencial y sostenible. Estas acciones implican tanto la revolución que la regresión, cambio radical de dirección e innovación que repetición. Si hay reacción, se debe a la desmesura del sistema, al exceso de producción, de transporte, de bombeo, de consumo. En lo que concierne a las sociedades que no son todavía sociedades de crecimiento el descrecimiento no puede plantearse en los mismos términos, a pesar de estar invadidas por la ideología del crecimiento. En estos países, el descrecimiento implica "des- desarrollarse"; es decir: eliminar los obstáculos para el desarrollo de sociedades autónomas y desatar un movimiento en espiral para poner en marcha las 8 Rs.

El cambio de una sociedad de crecimiento a una sociedad de descrecimiento implica un cambio profundo en los valores sobre los que organizamos nuestras vidas, nos dice Latouche. Si los actuales valores son la agresividad, el cinismo mordaz , la seducción manipuladora, la capacidad de dar golpes cada día más bajos, la indiferencia por el dolor de los otros, cercanos y lejanos, sin hablar de la complacencia del consumidor irresponsable, entonces podemos ver inmediatamente los valores que hay que poner por delante, como: el altruismo frente al egoísmo, la cooperación frente a la competencia desenfrenada, el placer del descanso y el ethos del ludismo sobre la obsesión del trabajo, la importancia de la vida social sobre el consumo ilimitado, lo local sobre lo global, la autonomía sobre la heteronomía, el gusto por la obra bella sobre la eficiencia productivista, lo razonable sobre lo racional, lo relacional sobre lo material, etc.

La gran dificultad con la reevaluación proviene en gran medida del hecho que el imaginario dominante es sistémico; es decir: que los valores dominantes son suscitados y estimulados por el sistema- en particular económico-que en contrapartida tienden a reforzar. Hay que ir más allá y poner en duda lo que está debajo de este sistema portador de valores como la concepción del tiempo, del espacio, de la vida y de la muerte. Es necesario un descentramiento cognitivo. Se trata de valorizar el regreso/lamento; proceder a superar algo que nos desagrada. Tomar conciencia de lo que perdemos con las ideas de progreso y desarrollo. Reevaluar implica sobre todo reencuadrar y reconceptualizar la educación; reconceptualizar las ideas de riqueza y de pobreza o de ese par infernal que funda el imaginario económico, la escasez y la abundancia, que es urgente desconstruir. Como lo demuestran Ivan Illich y Jean Pierre Dupuy, la economía transforma la abundancia natural en escasez por medio de la creación artificial de la falta o la necesidad a través de la apropiación de la naturaleza y su mercantilización.

Es necesaria una revolución cultural; como dice Castoriadis se requieren cambios profundos en la organización psicosocial del hombre occidental, en su actitud frente a la vida, en síntesis, en su imaginario. Es necesario abandonar la idea de que la única finalidad de la vida es producir y consumir más-idea absurda y degradante- y eso solo lo pueden hacer los hombres y las mujeres; un individuo solo o una organización sólo pueden en el mejor de los casos, preparar, incitar, esbozar orientaciones posibles. ¿Cómo han sido colonizados nuestros espíritus?, se pregunta Latouche, y responde de principalmente de tres formas: la educación, la manipulación mediática y el consumo de lo cotidiano o el modo de vida concreto. Illich propone como solución "desescolarizar" a la sociedad, además, denuncia la creación de necesidades por medio de la publicidad: una mercantilización alienante. Por su parte Mahid Rahnema nos dice el homo oeconomicus adopta dos métodos que semejan la acción del retrovirusVIH y el otro, los medios utilizados por los traficantes de droga. Se trata de la destrucción de las defensas inmunitarias y la creación de nuevas necesidades. La primera es realizada por la escuela y la segunda por la publicidad. En efecto, el crecimiento, junto con el consumismo, es a la vez un virus perverso y una droga. Para Illich, la escuela misma es una droga; el exceso de información unido a la publicidad comercial y política, es una empresa de intoxicación de la sociedad. El horrendo urbanismo y la publicidad omnipresente contribuyen a forjar personalidades débiles incapaces de resistir a la manipulación mediática y a la propaganda política.

Después de la Segunda Guerra, madura una nueva guerra contra los pobres, una guerra de la economía de crecimiento, la era del consumismo, sustentada principalmente en tres armas de destrucción masiva: la publicidad, el crédito al consumo y la obsolescencia programada. Los productos de esta nueva guerra contra la Naturaleza y el tejido social, basados en tecnologías innovadoras, crean falsas necesidades que alteran radicalmente la percepción del mundo y el modo de vida; la Coca-Cola, el celular, el automóvil, el avión, entre otros, pueden ser tan adictivos como cualquier droga dura. El crédito, por su parte, encadena al consumidor en ciclos de endeudamiento que le obligan a trabajar más; el crédito le procura lo que la sociedad de crecimiento considera que es la "felicidad": consumir más. La publicidad se encarga de imponer imaginarios que se apoyan en el imaginario profundo de la escasez, del homo oeconomicus: un producto que pocos pueden adquirir y cuya utilización da un status, una identidad artificial que se vuelve muy deseada: la mercadotecnia sabe como apelar a los más bajos instintos del ser humano; entran en juego la envidia, la competitividad, la dominación.    

La educación en el descrecimiento, creada por la reducción de las horas de trabajo es fundamental. Tenemos que convencer a la sociedad de que se puede vivir mejor con menor consumo. Quienes más tienen pueden dar un ejemplo de toma de conciencia y cambio en el modo de vida. Tal vez el shock sanitario de la necesidad nos puede ayudar al cambio. El desquiciamiento mundial del clima, del medio ambiente, del tejido social, de la economía, de la política, de la persona humana, puede ayudarnos a redescubrir que la buena vida no está en el ser propietario de mucha tierra y muchas tecnologías. La reestructuración de las relaciones sociales de producción, la redistribución de la tierra y el trabajo son tareas fundamentales en el programa político del descrecimiento.  

Sin embargo, la relocalización representa a la vez el medio de largo plazo más importante y uno de los principales objetivos de la revalorización, de la descolonización del imaginario. Muchas actividades deben volver al nivel local, comunitario, municipal. La idea de que Lo Pequeño es Hermoso, título del famoso libro de EF Schumacher que por 7 años fue el libro más vendido en Europa en los 70 y que volvió ecologistas a millones de personas, sirve todavía de consigna en la elaboración de propuestas por el descrecimiento. Varios autores han señalado la importancia de modificar el sentido del espacio, para volver a recuperar la dimensión humana, perdida por el gigantismo. En Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, se asiste a un nuevo fenómeno, el nacimiento de los neoagricultores, neorrurales y neo artesanos. Se ve florecer a una miríada de asociaciones no lucrativas o no exclusivamente lucrativas: empresas cooperativas de autogestión, mantenimiento de la agricultura campesina, sistemas de intercambios locales, bancos de tiempo, tiempos seleccionados, reglas de zona urbana o alcaldía, acuerdos de artesanos, bancos éticos, asociaciones de consumidores, entre otras. Sin embargo, sin la descolonización del imaginario estas iniciativas tienden a fracasar. El problema está en la instrumentación capitalista, desarrollista de estas iniciativas.  La relocalización, en la óptica de un renacimiento de las comunidades, comprende la acción de reempotrar o reintegrar a la comunidad lo que puede y debe hacer en lo económico, político, alimentario, educacional, de seguridad, de la salud, de la cultura.

Por si mismo, el arte sirve y ha servido como un gran freno al desquiciamiento que provoca la ciencia y la tecnología unida a la economía. La visión artística es contraria a la homogeneidad, a la uniformidad que produce la industria y la macroeconomía. Muchos artistas han denunciado la barbarie que entraña la industrialización, la urbanización y la vida moderna. Sin el arte y la cultura, el mundo moderno sería insoportable. La desconstrucción de los imaginarios dominantes y la construcción de la sociedad convivencial, postdesarrollo, postpetrolera, sustentable, ofrecen un campo enorme para el florecimiento de la labor artística. Es urgente recuperar la "escala" de las cosas, la proporcionalidad, la mesura, en nuestros consumos, en nuestras instituciones y en nuestras ambiciones; recuperar la noción del espacio en la dimensión humana; transitar de la era industrial a una nueva era donde el arte de vivir, el arte de habitar, sea recuperado; donde la producción sea esencialmente artesanal.   El poeta alemán Holderlin dice" El hombre habita como un poeta"; en otras palabras, para Holderlin habitar es un acto poético. Heidegger reflexiona filosóficamente sobre lo que significa habitar y nos dice lo que significa cultivar, construir, cuidar y pensar el mundo a partir del arraigo en un sitio, en un territorio. Las técnicas, los utensilios, las construcciones que requieren el clima, la biodiversidad, la matriz del agua de cada lugar, de cada región. Hay un campo enorme para el arte en la recuperación de las comunidades, en el reúso de materiales, en el reciclamiento de viejas edificaciones, en la recuperación de sitios, territorios. Cada pueblo, ejido, barrio, colonia que se libera de la economía de crecimiento, puede desarrollar los "granos de utopía", practicas locales, las ensayos de vida alternativa que le permiten reforzar el arraigo, la autonomía y la defensa del territorio.

El imaginario dominante es el imaginario creado por la visión de la escasez, los intercambios en los que se pretende sacar el máximo placer, los estudios de costo-beneficio; es decir: por la religión de la economía y por el culto a la ciencia y la tecnología. El arte puede expresar lo que significa vivir, por un lado, bajo el acoso de la percepción de la escasez, la desnaturalización de hombre y mujer modernos, los desgarramientos entre el campo y la ciudad, entre productor y consumidor, entre lo intelectual y lo manual; la domesticación y el desencanto del ciudadano, la invasión de la basura, el ruido y la fealdad moderna, el ambiente industrializado y contaminado, la uniformización de los espacios personales y públicos y de las mentes, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana, la miseria moral de los opulentos, la amenaza de guerra nuclear, bacteriológica o nanotecnológica, o por otro lado, el agua, el aire y el suelo limpios, el paisaje liberado del pavimento, el automóvil, las tuberías los alambres, la comunidad autónoma y creativa, la ciudad floreciente, creadora de cultura, el regalo, la generosidad, la cooperación, el trabajo enriquecedor, la obra bella y duradera, el arte de habitar, el arte de vivir, la paz basada en el respeto a las culturas y la historia, la paz basada en los acuerdos de las comunidades territoriales y las regiones ecológicas. Buenas noches.

Miguel Valencia Mulkay








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