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Abril 2010

La prefiguración del nuevo Estado, o todo el poder para el pueblo

Homar Garcés

ARGENPRESS

El cambio estructural que plantea (o se deriva de) la revolución socialista obligan a reflexionar y a trabajar dinámicamente en la constitución de un Estado que sustituya sustancialmente -en todas sus expresiones, niveles, procedimientos y componentes- al viejo Estado representativo, institucionalizado por la burguesía desde hace siglos en defensa de sus intereses de clase. Para ello es imprescindible su completo y constante cuestionamiento deslegitimador, de manera que su conquista signifique cumplir con la antigua, pero acertada, consigna bolchevique de darle todo el poder al pueblo, haciéndose realidad el empeño ancestral de todo revolucionario de construir una sociedad de nuevo tipo.

Como lo refiere Wladimir Ruiz Tirado, “la prefiguración de un nuevo Estado, ampliamente democrático, participativo y protagónico, está en relación directa con la herramienta de dirección a construir, pero, a la vez, con la calidad y la eficacia de la gestión gubernamental”. Se impone, entonces, que a esta tarea revolucionaria se sumen todos los sectores populares y revolucionarios quienes le darían a la nueva institucionalidad por crearse el carácter democrático, pluralista, diversificado y popular que el mismo debe revestir, sin obviar el internacionalismo y el apoyo decidido a otros pueblos que, igualmente, se hallan en lucha por su liberación nacional. No basta, por consiguiente, que los revolucionarios crean de buena fe que las desigualdades e injusticias sociales, económicas, jurídicas, culturales y políticas podrán subsanarse con algunas soluciones parciales (efectivas en un primer momento, pues responden a hechos coyunturales) que no afectarán en lo medular el estado de cosas vigente, cayendo en el terreno del reformismo tradicional.

Se requiere que estos mismos sectores pugnen por la conquista de espacios propios en los cuales su participación y protagonismo sean una realidad en permanente avance, de forma tal que ella incida en la estructuración de dicha institucionalidad, eliminando la relación tradicionalmente aceptada entre gobernantes y gobernados, e invirtiendo la pirámide social; lo que constituirá, sin dudas, un nuevo modelo de civilización y de entender y de hacer la política.

Quien se atreva a oponerse a este escenario, invocando una falsa concepción gradualista o evolucionista de la revolución socialista, estará manifestando una desconfianza respecto a la capacidad política del pueblo, producto de la ideología dominante que aún arrastra, ya que propone conducir los cambios revolucionarios a un paso que no violente el orden reinante, ubicándose en contra de la revolución socialista y, por añadidura, en el bando de la contrarrevolución, al negarle a la misma su naturaleza subversiva.

Todas las experiencias revolucionarias del pasado acabaron por perfeccionar la maquinaria del Estado sin darle cabida a la democracia de las masas cuando lo que hacía falta era romperla y destruirla para así instaurar otro en su lugar, el cual tendría por misión histórica principal posibilitar el poder popular; generando su autodestrucción, sin buscar su continuidad y mejoramiento.

En la actualidad, diversas experiencias políticas en nuestra América podrían calificarse de revolucionarias (aunque otras no dejan de ser simplemente progresistas y algunos quizás no estén de acuerdo con tal apreciación), pero éstas tendrían que dar el salto cualitativo respecto a la existencia del aparato estatal, ya que en ello está incluida la liberación de las grandes mayorías excluidas, explotadas y oprimidas. La comprensión de esta realidad por parte de los revolucionarios dará la medida del socialismo revolucionario que se ansía implantar, sin las relaciones ni las estructuras capitalistas que, desde mucho tiempo atrás, han reglamentado nuestras existencias en beneficio de las clases dominantes.



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