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Malasia: Pobreza y veneno para las trabajadoras en plantaciones

Mageswari Sangaralingam
Consumers’ Association of Penang

(Control Ciudadano)

Los esfuerzos por el empoderamiento de las mujeres han sido desiguales en Malasia. Las más pobres y vulnerables siguen siendo las trabajadoras de las plantaciones que sustentan la producción nacional de aceite de palma y caucho natural. Estas trabajadoras reciben salarios paupérrimos y son víctimas de acoso sexual y envenenamiento por agrotóxicos.

Malasia registró un crecimiento económico impresionante en los últimos años. A pesar de ese crecimiento, persisten grupos vulnerables que viven en la pobreza, como los ancianos, la población rural, las familias dirigidas por mujeres solas, los pueblos indígenas de Malasia peninsular y oriental, los trabajadores inmigrantes y los trabajadores no especializados. Los cambios dinámicos generados por el proceso de transformación económica incrementaron el nivel de pobreza de algunos de estos grupos.[1]

Disminución de la pobreza

La política contra la pobreza se concretó primero con la adopción de la Nueva Política Económica (NPE) en 1970, que puso énfasis en su importancia dentro del desarrollo nacional global. Cuando se adoptó la Política Nacional de Desarrollo (PND) de 1991-2000 en sustitución de la NPE, se realizaron algunas modificaciones a la política de reducción de la pobreza, pero sus principales características se mantuvieron. Posteriormente, el Plan Nacional de Recuperación Económica también se ocupó de la necesidad de abordar los problemas de los pobres como consecuencia de la depresión económica luego de la crisis financiera de 1997.[2]

El objetivo final de la política pública contra la pobreza, como se señalara en la NPE, era reducir la incidencia de la pobreza en lapsos fijos, y con el tiempo erradicarla por completo. Otro objetivo de la política era reducir la pobreza relativa y la desigualdad en el ingreso. Durante los años de la NPE, el gobierno se dedicó a reducir las brechas entre los principales grupos étnicos, los habitantes rurales y urbanos, y los grupos de ingreso. La reducción de las brechas en el ingreso intraétnico también fue uno de los objetivos de la PND.[3]

Las principales estrategias elegidas para reducir y erradicar la pobreza proporcionaban a los pobres oportunidades de acceso a empleos o actividades con remuneraciones más elevadas para aumentar sus ingresos y ser autosuficientes.

Las estadísticas oficiales revelan que la incidencia de la pobreza en la población descendió de 7,5% en 1999 a 5,1% en 2002. El número de familias pobres se redujo 25,6% a 267.900 grupos familiares en 2005.[4] La disminución general de la pobreza se atribuyó a los esfuerzos del gobierno por implementar programas de erradicación de la pobreza, particularmente a través de la promoción de proyectos generadores de ingresos.

La incidencia de la pobreza es mayor entre los trabajadores agrícolas, forestales y de la caza, con 14,5%. Las familias rurales encabezadas por adultos mayores (más de 65 años) y por mujeres registraron una elevada incidencia de la pobreza, con 28,6% y 25,7% respectivamente.[5]

Para ayudar a los sectores marginados de la sociedad, el presupuesto nacional de 2005 destinó recursos a los minusválidos, los grupos de menores ingresos, la educación, los grupos indígenas, las pequeñas empresas, los programas de desarrollo de género y otros servicios sociales. También existe una partida específica de MYR 37,8 millones (USD 10 millones) para los programas de desarrollo de género. No obstante, el quid del asunto es de qué manera se utilizarán estas partidas para instrumentar proyectos que brinden un beneficio real al grupo en cuestión.

Un sector olvidado

Al parecer, las trabajadoras de las plantaciones fueron dejadas de lado por los planes del gobierno para erradicar la pobreza y mejorar la situación de la mujer. Los avances realizados hasta la fecha en el empoderamiento de la mujer han sido desiguales. Las trabajadoras de las plantaciones siguen rezagadas, ya que no pueden liberarse del círculo vicioso de la pobreza en el que se encuentran.

La industria de las plantaciones es una parte fundamental del desarrollo del país. Malasia es líder mundial en la producción de aceite de palma y de caucho natural, y su cultivo es una importante actividad agrícola del país. Aparte de los minifundistas (cuyo sustento depende de estas materias primas), también existen trabajadores asalariados empleados por las empresas de las plantaciones. Se calcula que en 2005 trabajaban 1.268.500 personas en el sector de la agricultura y la pesca, que incluye a los trabajadores agrícolas, de las plantaciones y forestales.[6] Grandes segmentos de la población dedicada a los sectores de la agricultura y las plantaciones son pobres.

En años recientes, la Asociación de Consumidores de Penang (CAP, por sus siglas en inglés) ha trabajado con los trabajadores de las plantaciones de aceite de palma y caucho en la península. Nos dedicamos a los temas de salud y seguridad en el trabajo, la lucha por mejores salarios, necesidades básicas como la vivienda, la salud y el saneamiento, y demás problemas sociales como la violencia doméstica y el abuso del alcohol. En el ámbito de la salud y la seguridad en el trabajo, la principal preocupación es el uso de herbicidas sumamente peligrosos como el paraquat, de muy reciente prohibición en Malasia.

En la actualidad las mujeres comprenden casi la mitad de la mano de obra de las plantaciones donde se fumigan diversos herbicidas como parte integral del trabajo en las mismas. El motivo por el cual las empresas de las plantaciones emplean mujeres para fumigar los herbicidas se debe a que hay muchas mujeres disponibles porque no pueden encontrar otros empleos. También se las considera trabajadoras tímidas, dóciles y obedientes, ya que no cuestionan a sus superiores y son fáciles de manipular. Hace décadas, cuando sólo los hombres trabajaban en la fumigación, no eran tan complacientes ni hacían tan buena labor como las mujeres.

Factores de riesgo

La mayoría de las mujeres de las plantaciones nacieron y se criaron en ellas, al igual que sus padres y abuelos. El entorno de la plantación es poco propicio para alcanzar una buena educación o adquirir la capacitación fundamental que requieren sectores más especializados de la economía. Los estudios muestran que las mujeres de las familias pobres y rurales adquieren un grado menor de enseñanza.[7] Este hecho, sumado a la pobreza imperante, coloca a las mujeres de las plantaciones en una posición muy vulnerable.

La falta de enseñanza y la exclusión social disminuyen las oportunidades de las mujeres y limitan sus posibilidades para acceder a empleos en los sectores industriales y de servicios. Como la mayoría de las empresas proporcionan viviendas a sus trabajadores, este es otro incentivo para que las mujeres sigan residiendo en las plantaciones.

Hoy en día muchas plantaciones comenzaron a contratar trabajadores inmigrantes para realizar esta peligrosa tarea. El número de trabajadores extranjeros, en su mayoría hombres, empleados por el sector agrícola aumentó de 175.834 en 2000 a 327.490 en 2003.[8] No obstante, las mujeres son más perjudicadas que los hombres.

Envenenamiento

En 2004 CAP realizó un estudio de 11 plantaciones de aceite de palma en los estados septentrionales del país. El estudio se concentró en las mujeres fumigadoras de herbicidas, sus condiciones de trabajo y el consiguiente impacto para su salud.[9]

El trabajo en una plantación de aceite de palma es agotador y peligroso. Las fumigadoras de herbicidas deben cargar con un bidón de 18 litros de herbicida y realizar de 14 a 16 rondas de fumigación por día. En algunas plantaciones también se fumiga en tractores, y los bidones de herbicida se colocan a ambos lados del tractor. Dos mujeres llevan las bombas y fumigan a medida que se desplaza el tractor.

En ambos casos, las fumigadoras quedan inmersas en la fina niebla de los herbicidas. Rara vez se aplican las medidas de seguridad recomendadas. El uso de máscaras, guantes y botas protectoras es poco práctico debido al tórrido y húmedo clima tropical. La falta de conciencia generalizada sobre los peligros de los herbicidas, la inhalación y la absorción por la piel son las principales causas de casos de envenenamiento laboral entre las mujeres fumigadoras.

La dirección de las plantaciones decide cuáles pesticidas o herbicidas se utilizan, así como la frecuencia de su aplicación. La mayoría de las trabajadoras entrevistadas ni siquiera sabía cuáles herbicidas utilizaban, y otras solo los identificaban por su color u olor. Las mujeres cumplían las instrucciones de sus supervisores relativas a las proporciones y la mezcla de los herbicidas. La mayoría de las mujeres ni siquiera sabía acerca de la toxicidad de los químicos y los peligros a los que estaban expuestas.

La única protección que utilizan son botas de seguridad y ocasionalmente un pañuelo o toalla para cubrirse la boca y la nariz. Las mujeres se quejan de que la gerencia se muestra poco dispuesta a reemplazar el equipo protector personal y que les exigen que muestren el equipo dañado. Aun así, sólo sustituyen el equipo periódicamente. La mayoría de las mujeres debe adquirir sus propias botas de seguridad ya que no consiguen que los patrones les reemplacen las botas rotas. Otras ni siquiera reemplazan las botas ya que no tienen los medios para hacerlo.

Salarios miserables

Las mujeres trabajan seis días por semana de manera rotativa, y reciben sueldos de servidumbre a cambio de su labor. Para ganarse el sueldo de la semana con frecuencia tienen que trabajar largas horas bajo el sol abrasador. Asimismo, el temor a perder el empleo las hace soportar condiciones ingratas, como comentarios ofensivos y presiones indebidas, y en ocasiones son sometidas a acoso sexual.

Las trabajadoras reciben un salario entre MYR 15 y MYR 18 (USD 3,95 y USD 4,75) por día. Cada fumigadora de herbicidas gana entre MYR 350 y 450 (USD 92 y 118) por mes. Algunas empresas de plantaciones otorgan MYR 2 (aproximadamente USD 0,50) adicionales por día a las fumigadoras de herbicidas. Esto indica claramente el peligro de la fumigación de herbicidas comparada con otras tareas. En algunas plantaciones se les descuentan de los salarios las cuentas de electricidad y agua.

El estudio concluyó que, con frecuencia, las fumigadoras no gozan de buena salud. Padecen males agudos y crónicos derivados de su trabajo. La mayoría de las plantaciones cuentan con instalaciones médicas para sus trabajadores, aunque gran parte del tiempo estas instalaciones son insuficientes e ineficaces. Si las mujeres padecen enfermedades graves que el paramédico de la plantación no puede tratar, deben visitar a un médico en la ciudad más próxima. La mala salud afecta directamente a la productividad, por lo cual muchas enfermedades no se declaran.

Otra revelación inquietante es que, dado que no se les brinda equipo protector, las trabajadoras que son empleadas bajo contrato trabajan en peores condiciones y deben manipular herbicidas más potentes y dañinos (incluso el glutamato monosódico) y carecen de cobertura médica.

Opciones limitadas

¿Por qué se quedan las mujeres en las plantaciones a pesar de la pobreza que padecen y de su exposición a los venenos? En la década de 1980 muchas plantaciones reemplazaron los árboles de caucho con palmas de aceite porque rendían más económicamente. En consecuencia, las trabajadoras de las plantaciones que eran experimentadas extractoras de caucho perdieron su fuente de sustento. Algunas mujeres habían extraído caucho durante toda su vida, y quedaron en una difícil situación laboral. Con el fin de no ser expulsadas de la plantación, no tuvieron otra opción que aceptar cualquier empleo que les ofreciera la gerencia. Por lo tanto, se convirtieron en fumigadoras de herbicidas, aunque esta no fue su opción laboral.

A medida que los precios del aceite de palma suban en los próximos años, cabe esperar que la producción malasia también aumente, ya que es uno de los principales cultivos del país. Esta situación intensificará la participación de las mujeres en este sector. Las mujeres tendrán cada vez más dificultades para escapar al círculo vicioso de la pobreza y su salud, cada vez más afectada, será el precio que deberán pagar.

Sólo aquellas con la resolución y la fuerza de voluntad para abandonar el sector de las plantaciones a toda costa podrán escapar de la pobreza. Pero para algunas familias que abandonan la plantación, ya sea por decisión propia o porque la plantación es convertida para otros proyectos de desarrollo, la pobreza seguirá siendo una forma de vida. Estas familias a menudo se trasladan a zonas urbanas, solo para sumarse a las filas de los pobres urbanos que viven en asentamientos precarios. Estos trabajadores desplazados con bajos niveles de educación y capacitación deben competir con otros grupos marginados, como los trabajadores extranjeros, por los trabajos mal remunerados.

Tareas pendientes

El desafío inmediato que presenta la reducción de la pobreza es elevar los ingresos de los más pobres entre los pobres. En un país multirracial con desigualdades generalizadas y enraizadas de oportunidades e ingresos económicos, el gobierno debe intervenir para garantizar una distribución más justa de oportunidades e ingresos entre todos los grupos raciales y sociales.

Es difícil salir de una situación de pobreza. La educación es uno de los medios por los cuales las familias de las plantaciones pueden escapar de ella. Por esta razón, es necesario que se realicen intervenciones políticas y programáticas para asistir y motivar a los hijos de los trabajadores de las plantaciones a continuar su educación.

Para concluir, el proceso y la política de desarrollo en Malasia debe concentrarse en los grupos de menores ingresos, incluidas las mujeres de las plantaciones, para elevar sus ingresos y situación social, tanto en términos absolutos como relativos. Este es el medio más efectivo para conquistar la justicia social, que constituye la base del auténtico desarrollo.

Notas:

[1] Sulochana Nair, Dr, Pobreza en el nuevo milenio – Desafíos para Malasia, Kuala Lumpur: Universidad de Malaya, 2000.
[2] Unidad de Planificación Económica, Departamento del Primer Ministro. "Malasia: 30 años de reducción de la pobreza, crecimiento y armonía racial", presentada en la Conferencia de Shanghai sobre la Pobreza – Escalando la Pobreza, 12 de marzo de 2004, en Shanghai, China.
[3] Ibid.
[4] Unidad de Planificación Económica, Departamento del Primer Ministro. Revisión a mitad del período del octavo plan Malasia 2001-2005, 2003, p. 60.
[5] Ibid.
[6] Ibid, p. 98.
[7] Tan, PC y NP Tey. Prevalencia y perfil de las jefas de familia mujeres, Ministerio de Unidad Nacional y Desarrollo Social y Consejo Nacional de Población y Desarrollo de la Familia. Kuala Lumpur, 1993.
[8] Unidad de Planificación Económica, Departamento del Primer Ministro, 2003, op cit, p. 171.
[9] Asociación de Consumidores de Penang. Encuesta sobre mujeres fumigadoras de herbicidas en plantaciones de aceite de palma: condiciones de trabajo e impacto para la salud. 2004.

 

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