Globalización: Revista Mensual de Economía, Sociedad y Cultura


Septiembre de 2025

Erosión del suelo: enemigo silencioso de la Tierra
María Guadalupe Morales-Muñoz; Juan Suarez-Sánchez; Pablo Méndez-Hernández, Emir Lenin Serafín-Higuera

María Guadalupe Morales-Muñoz; Juan Suarez-Sánchez; Pablo Méndez-Hernández; Emir Lenin Serafín-Higuera

Maestría en Ciencias en Gestión Integral de Ciencias Hidrográficas, Facultad de Agrobiología.
Universidad Autónoma de Tlaxcala. Km 10.5 Autopista Texmelucan-Tlaxcala, C.P. 90120. Ixtacuixtla, Tlax., México.
Contacto: mgmoralesm@uatx.mx

Resumen
La erosión del suelo es uno de los procesos más invisibilizados pero críticos de la crisis socioambiental global. Aunque puede ocurrir naturalmente, su aceleración es provocada por actividades humanas como el sobrepastoreo, la agricultura intensiva, la deforestación y la urbanización; sin criterios ecológicos se compromete la capacidad del suelo para sustentar la vida, afectando directamente la seguridad alimentaria, la biodiversidad, el agua y la vida campesina. Este fenómeno implica el desgaste y transporte de la capa superficial del suelo, rica en nutrientes y materia orgánica, por acción del agua, el viento, la gravedad o prácticas humanas. La erosión hídrica, provocada por lluvias intensas y escorrentía mal gestionada, es la más común y destructiva en zonas agrícolas. La erosión eólica y gravitatoria también generan impactos severos, desplazando partículas y materiales que alteran ecosistemas y reducen la productividad. Las consecuencias son múltiples: pérdida de fertilidad, disminución del rendimiento agrícola, contaminación hídrica, destrucción de hábitats, aumento de emisiones de gases de efecto invernadero y desplazamiento de comunidades vulnerables. Además, los métodos económicos tradicionales enfrentan dificultades para estimar los costos reales de esta degradación, lo que limita la acción institucional. Frente a este panorama, existen alternativas regenerativas desde la agroecología y la justicia ambiental: rotación de cultivos, abonos orgánicos, sistemas silvopastoriles, conservación de vegetación nativa y mínima labranza. La participación comunitaria, los saberes campesinos y la educación ambiental son claves para diseñar soluciones contextualizadas y movilizar acciones colectivas. La erosión del suelo no es solo un proceso físico, sino una expresión de nuestra relación con la tierra. Enfrentarla exige transformar nuestras formas de producir, habitar y cuidar. Desde la ciencia crítica y la acción territorial, es posible sanar esta herida y reconstruir territorios fértiles, justos y sostenibles.

Palabras clave: erosión, agricultura, crisis socioambiental, seguridad alimentaria.

Abstract
Soil erosion is one of the most invisible yet critical processes of the global socio-environmental crisis. Although it can occur naturally, its acceleration is caused by human activities such as overgrazing, intensive agriculture, deforestation, and urbanization. Without ecological considerations, the soils capacity to sustain life is compromised, directly affecting food security, biodiversity, water, and rural livelihoods. This phenomenon involves the wearing away and transport of the topsoil, rich in nutrients and organic matter, by the action of water, wind, gravity, or human practices. Water erosion, caused by intense rainfall and poorly managed runoff, is the most common and destructive in agricultural areas. Wind and gravity erosion also generate severe impacts, displacing particles and materials that alter ecosystems and reduce productivity. The consequences are numerous: loss of fertility, decreased agricultural yields, water pollution, habitat destruction, increased greenhouse gas emissions, and displacement of vulnerable communities. Furthermore, traditional economic methods struggle to estimate the true costs of this degradation, which limits institutional action. In response to this situation, regenerative alternatives exist from agroecology and environmental justice: crop rotation, organic fertilizers, silvopastoral systems, conservation of native vegetation, and minimum tillage. Community participation, traditional farming knowledge, and environmental education are key to designing contextualized solutions and mobilizing collective action. Soil erosion is not only a physical process but also an expression of our relationship with the land. Addressing it requires transforming our ways of producing, inhabiting, and caring for the land. Through critical science and territorial action, it is possible to heal this wound and rebuild fertile, just, and sustainable territories.

Keywords: erosion, agriculture, socio-environmental crisis, food security.

La erosión del suelo es uno de los procesos más críticos y menos reconocidos de la crisis socioambiental global. Aunque puede ocurrir naturalmente, su aceleración por actividades humanas compromete su capacidad presente y futura para sustentar la vida. Este deterioro se intensifica debido al sobrepastoreo, el uso de técnicas agrícolas poco profundas y el impacto de procesos industriales (Espinosa et al., 2011). Este fenómeno se ha convertido en una amenaza directa para la seguridad alimentaria, la biodiversidad, el agua (Adhikari et al., 2016; Lal, 2009) y la vida campesina, siendo esta la que mayor afectación puede tener ya que su sobrevivencia está ligada principalmente a la productividad de su trabajo (Vanek et al., 2016).

¿Qué es la erosión del suelo?

La erosión del suelo es el desgaste, desprendimiento y transporte de las partículas superficiales del suelo por agentes como el agua, el viento, la gravedad o la acción humana (Ibáñez, 2021). Esta capa superficial, rica en materia orgánica y nutrientes, es esencial para la producción agrícola, la regulación hídrica y el funcionamiento de los ecosistemas (Conway, 1994; Acton et al., 1995; Hansen, 1996). Este proceso surge de la interacción entre el entorno natural y las actividades humanas. La erosión del suelo constituye una problemática de gran magnitud, afectando una superficie terrestre de 106,440,000 km².

¿Qué está sucediendo en el entorno?

Desde los orígenes de la humanidad, las actividades antrópicas han provocado cambios en el entorno natural con el propósito de responder a las crecientes demandas alimentarias y económicas de la población (Herrera et al., 2019).

La degradación del suelo provoca impacto de manera directa e indirecta y lo posiciona como uno de los problemas más graves para el ambiente y la sociedad (Maass et al., 1990; Cotler et al., 2007). Afecta directamente al suelo, ya que pierde su capacidad de retener agua y se vuelve menos productivo para la agricultura. Indirectamente, provoca que se acumulen sedimentos en ríos, lagos y humedales, dañando la calidad de estos ecosistemas (FAO, 1984; Maass, 1998; Chmelová y Sarapatka, 2002).

Para profundizar en esta temática, resulta fundamental identificar los distintos niveles de deterioro, siendo la erosión hídrica uno de los factores predominantes en dicho proceso, causada por lluvias intensas, escorrentía o riego mal manejado. Es la más común y destructiva en zonas agrícolas (Montes-León et al., 2011).

Cambios en las características del suelo, como en su textura o pH, suelen ocurrir a largo plazo. Estos cambios se deben a la contaminación o a la acumulación de materiales provocada por factores externos, como la erosión eólica. El tamaño de las partículas erosionadas determina cómo se mueven: las grandes se trasladan a corta distancia por saltación, mientras que las pequeñas pueden viajar lejos suspendidas en el aire. Las que se mueven por saltación afectan zonas cercanas y las que viajan suspendidas pueden impactar regiones más amplias (Floyd et al., 2011). Este movimiento de partículas por el viento, ya sea por saltación o suspensión, provoca pérdida de suelo y acumulación en otros lugares, lo que puede reducir la productividad de cultivos y pastos (Wang et al., 2020).

La erosión gravitatoria se refiere al proceso de descomposición y movimiento de materiales geológicos bajo la influencia de la gravedad. Este fenómeno puede manifestarse de diversas formas, como deslizamientos, caídas de rocas o flujos de barro, especialmente en terrenos inclinados. A diferencia de la erosión eólica o hídrica, que son mediadas por el viento y el agua respectivamente, la erosión gravitatoria es más directa y puede ser devastadora, ya que puede arrastrar grandes volúmenes de tierra y rocas en cortos períodos de tiempo (Alcántara et al., 2008).

La acción humana, a través de prácticas como la deforestación, la agricultura intensiva y las obras de infraestructura (urbanización sin planificación), es responsable de la erosión antrópica (Pérez-Nieto et al., 2012). Este proceso, junto con la disminución de la biodiversidad, genera consecuencias adversas tanto para el entorno natural como para la economía.

¿Cómo una actividad económica podría afectar el suelo?

Al modernizar la agricultura industrial se está causando daño irreversible al suelo, ya que el uso intensivo de maquinaria, agroquímicos y monocultivos debilita la estructura del suelo y reduce su cobertura vegetal. Otra práctica que impacta es la eliminación de la vegetación nativa, lo que ocasiona deforestación al exponer el suelo a la acción erosiva del agua y el viento (Pereira et al., 2018). También el sobrepastoreo causa daño, ya que el pisoteo constante compacta el suelo y reduce la vegetación protectora; la labranza intensiva y otras prácticas agrícolas mal manejadas no solo afectan la producción, también dañan gravemente el suelo. Estos impactos no son nuevos ni desconocidos (Borrelli et al., 2013). El resultado es un suelo más frágil, menos fértil y más propenso a la erosión.

Cuando cambiamos actividades económicas o queremos modernizarnos no pensamos que causamos daño, solo pensamos en la urbanización o la expansión de ciudades sin criterios ecológicos; causamos alteraciones, convertimos los campos por suelos de asfalto, espacios naturales en grandes construcciones, la peor práctica es sellar el suelo (Goudie, 2013).

Las metodologías económicas tradicionales para estimar los costos derivados de la pérdida de suelos por prácticas agrícolas enfrentan una notable complejidad en su aplicación, principalmente por tres factores. El primero es de orden temporal, ya que se desarrolla en el tiempo y compromete la capacidad productiva futura. El segundo es de carácter espacial: sus efectos se presentan tanto en el lugar de origen como en zonas externas y suelen ser difíciles de detectar. El tercero es institucional: aunque se puedan calcular los costos y beneficios de conservar el suelo, si no hay reglas o incentivos adecuados, los intereses privados pueden permitir más erosión de la que sería aceptable para el bienestar social.

¿Se tienen consecuencias con estas actividades?

La erosión del suelo, la expansión de áreas cultivables y las actividades ganaderas son responsables de más del 51% de las emisiones globales de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Actualmente, el 15% de la superficie terrestre presenta algún grado de degradación: un 56% corresponde a erosión hídrica, un 28% a erosión causada por el viento, un 12% a procesos de degradación química y un 4% a degradación física (González y Meira, 2020).

La pérdida de fertilidad es una de las más grandes consecuencias, ya que la capa fértil se reduce, disminuyendo así el rendimiento agrícola y aumentando la dependencia de insumos externos. Por otro lado, se está generando contaminación hídrica, debido a que los sedimentos erosionados obstruyen ríos, lagos y presas, afectando la calidad del agua.

Lo anterior amenaza a la soberanía alimentaria; las comunidades campesinas pierden su capacidad de producir alimentos sanos y sostenibles. También hay reducción de biodiversidad: la erosión destruye hábitats y altera ciclos ecológicos.

Un problema socioambiental también provocado por la erosión del suelo es la desigualdad y el desplazamiento, ya que los territorios más afectados suelen ser los más vulnerables, intensificando la pobreza y la migración forzada.

¿Aún podemos hacer algo?

Tomemos alternativas desde la agroecología y la justicia ambiental para recuperar los pocos espacios que nos quedan. La erosión del suelo no es inevitable. Existen prácticas regenerativas que permiten restaurar su salud y fortalecer la resiliencia territorial como manejo agroecológico con rotación de cultivos, policultivos, abonos orgánicos, cultivos de cobertura y mínima labranza; fomentando la reforestación y conservación de vegetación nativa se protege el suelo y mejora el ciclo hidrológico (Conway, 1994; FAO, 1994). Otra alternativa es conocer cómo funcionan los sistemas silvopastoriles, que son prácticas agroforestales que combinan árboles, pastos y ganado en un mismo espacio, promoviendo la sostenibilidad y la producción agrícola. Esto requiere métodos de investigación más ágiles y precisos, capaces de detectar a tiempo los signos de erosión. Así, se pueden iniciar procesos de regeneración antes de que el daño sea mayor, lo que ayuda a mantener la productividad de los cultivos y a proteger el suelo para las generaciones que vienen (Echavarría-Chairez et al., 2009; Trejo-Calzada et al., 2015).

Los sistemas agroforestales también son un factor importante ya que combinan árboles, cultivos y vegetación diversa, y pueden reducir el daño que la lluvia causa en el suelo, evitando que se erosione con facilidad (Young, 1989; Nair et al., 1994). Aunque parezca contradictorio, si el dosel vegetal (la capa de hojas y ramas) es muy alto y denso, puede aumentar la fuerza con la que las gotas de lluvia golpean el suelo, provocando erosión superficial. En cambio, un dosel más bajo y compacto actúa como una barrera natural que frena las gotas antes de que lleguen al suelo. Además, cuando hay varias capas de vegetación, la lluvia cae más lentamente y con menos fuerza. Y si se dejan hojas, ramas y restos de poda sobre la tierra, se forma una cobertura que protege el suelo del escurrimiento y ayuda a conservar sus nutrientes (Omoro y Nair, 1993; Beer et al., 1998).

Pero lo más importante es la participación comunitaria; el conocimiento campesino y los saberes locales son clave para diseñar soluciones contextualizadas. Otra alternativa es la educación ambiental y la divulgación científica; con ello podemos sensibilizar sobre la erosión, las afectaciones y lo importante que es movilizar acciones colectivas para no perder un recurso tan importante.

La erosión del suelo es más que un proceso físico: es una expresión de cómo nos relacionamos con la tierra. Enfrentarla requiere transformar nuestras formas de producir, habitar y cuidar. Desde la agroecología, la ciencia crítica y la acción comunitaria, es posible sanar esta herida abierta y reconstruir territorios fértiles, justos y sostenibles y así ir minimizando el impacto del enemigo silencioso de la tierra.

Referencias

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